Hay mundos donde la magia es un lujo, y otros donde es ley. En este primer volumen de «Wistoria: Wand & Sword» (Tsue to Tsurugi no Wistoria (杖と剣のウィストリア)), la magia lo es todo. Lo que comes, lo que estudias y lo que vales. Si no tienes magia, básicamente eres un cero con piernas. Pero ahí está Will Serfort, terco, testarudo y condenado a ser el chaval que se cuela en el banquete de los elegidos. Sin una chispa de poder mágico, pero con un propósito que podría partir montañas. Cumplir una promesa y alcanzar la cima de la Torre de los Magos.

Fujino Ōmori vuelve a lo que mejor sabe hacer. Fabricar una historia de esfuerzo en un mundo que ya decidió quiénes valen y quiénes no. Pero Wistoria tiene una diferencia fundamental con otras de sus obras. Aquí la magia no se admira, se cuestiona. En lugar de preguntarnos “¿qué puede hacer el poder?”, Ōmori nos lanza una pregunta más interesante: “¿qué eres capaz de hacer cuando no tienes ninguno?”. Esa pregunta es el corazón palpitante de este primer tomo.
Will Serfort, armado solo con una espada y una voluntad que parece hecha de granito, desafía las normas de un sistema que lo desprecia. La Academia Mágica Rigarden es un lugar que brilla tanto por fuera como apesta por dentro. Torres altísimas, profesores sabios, conjuros deslumbrantes, pero también elitismo, soberbia y un desprecio absoluto por los que no encajan. Es el tipo de escenario que te recuerda por qué el shonen sigue siendo un género tan vital. Porque en su mejor versión, sigue siendo una metáfora feroz sobre crecer a contracorriente. Desde el primer capítulo, Wistoria no se anda con rodeos. Will baja a las mazmorras, donde los monstruos no distinguen entre magia o acero, solo entre vivos y muertos. Entre el caos, descubrimos que su espada no es un sustituto de la magia. Es una extensión de su fe. Fujino Ōmori escribe las batallas como si fueran declaraciones de principios.

Después está el arte de Toshi Aoi. Que es, literalmente, una exhibición de control. Las mazmorras están llenas de texturas, sombras y criaturas que parecen salidas de un bestiario barroco. El contraste entre los interiores oscuros y los espacios diáfanos de la academia es un acierto. Lo más destacable es cómo logra que Will, un chico sin poderes, parezca más “mágico” que los magos que lo rodean. Su movimiento tiene ritmo, su mirada tiene brillo, y su espada se convierte en la mejor metáfora posible del esfuerzo humano frente a la complacencia del talento.
Lo curioso de este primer tomo es cómo siembra, desde el principio, una historia que promete crecer mucho más allá de sus clichés. La barrera mágica que protege al mundo, la leyenda de la Mercedes Caulis, la enigmática figura de Elfaria (la amiga de la infancia que se ha convertido en maga prodigio y en razón de cada paso de Will). Todo eso apunta a un universo con una mitología más grande, un secreto latente que estallará más adelante. Pero Ōmori dosifica bien. Sabe que no queremos enciclopedias, sino emociones. Así que cada detalle se deja caer con suavidad, como quien deja migas de pan para que el lector se pierda a gusto.

Pero hablando de emociones. La promesa entre Will y Elfaria es uno de esos motores que no necesitan explicarse demasiado. Basta una frase, un recuerdo, una sonrisa de niños mirando el cielo imposible. “Mientras estemos juntos…” Ese pequeño hilo sentimental atraviesa todo el tomo y lo vuelve más humano. Porque, al final, Will no quiere ser el mago más poderoso del mundo por ego, sino por amor. Por una promesa que se ha vuelto su brújula y su condena.
La edición española de Pika Ediciones hace justicia. Rústica con sobrecubierta, 192 páginas de trazo limpio. Con traducción de Judit Moreno que mantiene el tono y el humor de Ōmori, y una calidad de impresión que hace brillar las escenas de acción sin ensuciar las líneas. Es un tomo cómodo, de esos que dan gusto sostener, con ese olor a papel que ya es parte del ritual lector. Pero lo mejor de Wistoria es que no intenta ser más de lo que es. No busca epatar, ni romper esquemas, ni reinventar la fantasía. Es un relato de esfuerzo puro, de crecimiento, de sudor y acero. Ese tipo de historias que, sin darte cuenta, te devuelven algo que el cinismo moderno te había robado: la fe en el heroísmo clásico. Porque ver a Will Serfort entrenar, caer y levantarse no es solo ver a un personaje ficticio luchar; es verse un poco a uno mismo, intentando alcanzar algo que parece inalcanzable. En ese sentido, este manga cumple una función casi terapéutica. Te recuerda que el poder no siempre se mide en conjuros, sino en persistencia.

Entre lo bueno y lo malo, hay uniformes genéricos, sí. Hay clichés de academia mágica, sí. Hasta puedes adivinar lo que viene. Pero todo eso desaparece cuando el dibujo acelera, la espada brilla y Will grita con esa convicción que hace que el corazón se te encienda. Wistoria no es un manga que te desafíe intelectualmente, es uno que te agarra de la mano y te dice: “Vamos. No pares. Sigue subiendo.” Eso, en un panorama saturado de títulos ruidosos y fórmulas recicladas, ya es suficiente magia.
El primer tomo de «Wistoria: Wand & Sword» es un arranque sólido, vibrante y honesto. No es un manga que sorprenda, sino uno que reconforta. Un homenaje al espíritu del esfuerzo y al poder de la promesa, con un dibujo espectacular y una atmósfera de aventura que recuerda por qué el shonen sigue siendo tan irresistible. La magia aquí no está en los hechizos. Está en Will, en su espada, y en ese brillo testarudo de quien se niega a rendirse. Porque a veces, para ser un mago, lo único que necesitas es no dejar de luchar.
