Salaryman Z: Apocalipsis en horario de oficina

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En «Salaryman Z»(サラリーマンZ), de Number 8 y Ten Ishida, el fin del mundo no estalla entre explosiones ni gritos heroicos, sino con el sonido metálico de una impresora que se atasca y el eco solitario de unos pasos en la moqueta gris de una oficina. Aquí el apocalipsis no se combate con espadas o rifles, sino con protocolos, gráficos de rendimiento y frases motivacionales de empresarios legendarios. El protagonista, Yusaku Maeyamada, es un oficinista de cuarenta años que se ha convertido en el último samurái de la cultura laboral japonesa. Un hombre que cree firmemente que el trabajo duro y la disciplina pueden resolverlo todo, incluso el colapso de la civilización. Cuando un virus desconocido transforma Japón en un paisaje de muertos vivientes, Maeyamada no se permite el lujo del pánico. Se ajusta la corbata, revisa el horario, y se lanza a sobrevivir con las mismas herramientas que ha usado toda su vida: la lógica empresarial, la planificación estratégica y una fe casi religiosa en los principios del trabajo de un asalariado japones.

Desde su primera página, este manga deja claro que no es una historia de zombis al uso. Number 8 no busca el susto fácil ni la carnicería gratuita. Su campo de batalla es otro. La mente del oficinista japonés, atrapada entre la tradición y el absurdo contemporáneo. Maeyamada no lucha contra los zombis por instinto, sino por deber. No porque quiera vivir, sino porque tiene responsabilidades pendientes, compromisos y entregas. Es el retrato de un hombre que ha convertido el trabajo en su identidad, y que se aferra a esa identidad incluso cuando el mundo que la sustentaba se ha desintegrado. La ironía es tan afilada que duele. El protagonista sigue siendo un empleado ejemplar cuando todo el mundo se fue al traste.

La genialidad está en esa contradicción perpetua. Number 8 transforma las enseñanzas de los grandes empresarios japoneses en reglas de supervivencia literal. Maeyamada aplica los principios de gurús del capitalismo nipón como si fueran tácticas militares. Donde otros verían una horda de zombis, él ve un problema de liderazgo. Donde otros buscarían refugio, él busca eficiencia. Donde otros se esconderían, él redacta informes. Esta transformación del lenguaje corporativo en estrategia de guerra le da al manga un tono entre hilarante y trágico. Cada frase motivacional se convierte en una sentencia absurda, cada lección de éxito en una burla cruel a la humanidad perdida bajo el peso del trabajo. Y sobre todo de las horas extras, esas que muchísimas veces nadie cobra.

Por otro lado, Ten Ishida, el dibujante, entiende perfectamente el equilibrio entre lo grotesco y lo cotidiano. Su trazo es limpio, casi clínico, como si estuviera dibujando un manual de empresa. Pero en esa pulcritud se esconde el horror. Rostros vacíos, pasillos interminables, oficinas cubiertas de papeles manchados de sangre. La composición recuerda a esos mangas de corte realista que retratan la vida moderna con detalle casi fotográfico, pero aquí ese realismo se retuerce en una parodia oscura. Ishida logra que cada viñeta parezca un espejo deformante del Japón contemporáneo: ordenado por fuera, podrido por dentro.

Hay algo profundamente japonés en el modo en que se aborda la catástrofe. En lugar de mostrar el caos como ruptura total, lo presenta como continuidad. El trabajo no se detiene ni siquiera ante la muerte. Maeyamada encarna esa mentalidad de sacrificio y lealtad ciega que tanto se celebra en la cultura empresarial nipona, pero aquí llevada hasta el extremo. La sátira funciona porque el manga nunca rompe del todo con la seriedad. Los personajes hablan con solemnidad, actúan con disciplina y se mueven como si de verdad creyeran que llenar un formulario puede salvar el mundo. Es un humor seco, elegante, que no se apoya en la exageración sino en la verosimilitud. Lo que produce risa es precisamente que todo parece posible.

En una de las mejores escenas del volumen, Maeyamada intenta motivar a un grupo de supervivientes usando los mismos discursos que solía emplear su jefe en las reuniones matutinas. Les habla de compromiso, de objetivos, de superación. Pero a medida que su voz resuena entre los escombros, el lector siente un escalofrío. Esas palabras, que alguna vez representaron progreso, ahora suenan vacías, casi inhumanas. En este universo, el lenguaje del trabajo se ha convertido en un dialecto de la muerte. Y sin embargo, Maeyamada no puede dejar de usarlo. Es lo único que le queda.

Pero este manga no se queda solo en la burla. Entre los escombros del sarcasmo, hay una tristeza genuina. Maeyamada no es un bufón; es una víctima. Creció en una cultura que le enseñó que el trabajo da sentido a la existencia. El sacrificio personal es virtud y que la empresa es familia. Cuando el mundo se acaba, lo único que le queda es ese credo. Su insistencia en aplicar métodos de gestión a la supervivencia no es locura: es fe. Y en esa fe, el lector reconoce algo dolorosamente familiar. Porque todos, en mayor o menor medida, hemos creído en ese sistema. Todos hemos respondido correos a horas imposibles, asistido a reuniones inútiles, fingido entusiasmo ante tareas absurdas. Todos, en algún momento, hemos sido zombis con corbata. Por eso, el primer volumen de Salaryman Z funciona como un prólogo devastador a esa idea. No busca grandes giros ni revelaciones: su poder reside en lo cotidiano, en esa mezcla de horror y rutina que se apodera de las páginas. El humor brota de la desesperación, la acción surge del automatismo, la filosofía se disfraza de sarcasmo. Es un cómic que se lee entre carcajadas y escalofríos, consciente de que la línea entre el trabajador moderno y el no-muerto es más fina de lo que parece.

La edición de Panini Manga contribuye a realzar la experiencia. Traducción de Bernat Borrás, un tomo cuidado, con sobrecubierta elegante, ilustraciones limpias y un separador que parece hecho a propósito para quienes marcan capítulos entre llamadas y cafés recalentados. Una sátira filosófica disfrazada de manga de supervivencia, un espejo deformante del Japón corporativo y, por extensión, de todos nosotros. Es el libro de Guerra Mundial Z pasada por el filtro de The Office, una crítica tan elegante que se confunde con su propio objeto de burla. Number 8 y Ten Ishida han creado una obra que se ríe del fin del mundo y del modo en que insistimos en seguir cumpliendo horarios mientras todo arde.

Al cerrar el tomo, una sensación incómoda queda flotando. Quizá el virus nunca fue externo. Quizá el verdadero contagio empezó el día en que aceptamos que trabajar hasta la extenuación era una virtud. Maeyamada no lo entiende, y por eso sigue avanzando, con la corbata bien puesta, entre ruinas y cadáveres. Su mantra, aprendido de un antiguo jefe, resuena como epitafio del mundo moderno: “El trabajo nos hace avanzar”. En «Salaryman Z», flota la idea que un apocalipsis puede ser un negocio y eso provoca un escalofrío. Pero como este es el inicio de la trama deberemos esperar a ver cómo actúa nuestro peculiar asalariado en su lucha contra zombis y jefes tiranos.  

Si estuviéramos teletrabajando esto no hubiera ocurrido

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