
Hay tebeos que parecen salir directamente de una tarde lluviosa con chocolate caliente, y «Bruma: El despertar del dragón»(«Brume«), de Carine Hinder y Jérôme Pelissier, es justo eso. Un refugio dulce, chispeante y lleno de ternura. Desde la primera página, uno siente que está a punto de entrar en un mundo donde las nubes son de algodón de azúcar, los conjuros huelen a galletas recién horneadas y las meteduras de pata mágicas son tan frecuentes como encantadoras. Bruma es una heroína de manual, pero con las páginas un poco al revés, lo que la hace infinitamente más adorable.
Encontrada de bebé entre la niebla del bosque, Bruma crece convencida de que la magia corre por sus venas. Su padre adoptivo, un pescador de corazón enorme y paciencia legendaria, se encoge de hombros ante sus excentricidades: ¿qué daño puede hacer una niña que juega a ser bruja? Hasta que un día el pueblo entero se envuelve en una niebla espesa que nadie sabe cómo surgió. Bruma está convencida de que todo es culpa de un dragón escondido en el bosque, y allá que va, con su inseparable cerdito negro Hubert (una joya de personaje, de esos que no dicen una palabra, pero lo expresan todo con una mirada) y su mejor amigo Hugo, un chico tan valiente como resignado ante las locuras de su compañera. Así empieza una aventura que es pura magia y diversión. Ese tebeo tiene el ritmo de los cuentos que te contaban antes de dormir, con esa mezcla de peligro controlado y ternura constante. Bruma no es una heroína perfecta, y precisamente ahí está su encanto. Se equivoca, se enfada, tropieza, pero sigue adelante con la cabeza bien alta y una sonrisa que podría iluminar hasta la cueva más oscura. Es decidida, cabezota y, sobre todo, auténtica. En un mundo de protagonistas que parecen saber siempre lo que hacen, Bruma brilla porque no tiene ni idea, pero lo intenta con todo el corazón.

En el aspecto gráfico, los dibujos de Carine Hinder son, sencillamente, una delicia. Redondos, cálidos, llenos de movimiento y color. Cada viñeta parece una postal de un sueño bonito. Las luces del bosque, los rostros expresivos, el pelaje del cerdito, la niebla que se cuela entre las ramas. Es un estilo que mezcla lo infantil con lo cinematográfico, lo tierno con lo aventurero. Uno podría quedarse un rato largo solo mirando los detalles, los tonos suaves, las pequeñas miradas cómplices entre los personajes. Hinder logra algo precioso, que el lector sienta que está dentro de ese pueblo, respirando, oliendo las pócimas o escuchando como Bruma empieza a faltar a todo aquel que se le cruza en su camino.
Por su parte, Jérôme Pelissier escribe un guion lleno de ritmo, humor y corazón. Su historia no se contenta con ser una simple aventura mágica. Hay emoción, amistad, miedo y crecimiento. Bruma no solo busca al dragón, también se busca a sí misma. En el camino aprende que la magia no siempre consiste en dominar un hechizo, sino en creer, en cuidar y en compartir. Pelissier tiene ese toque de los grandes narradores para jóvenes lectores: sabe cuándo reír, cuándo emocionar y cuándo dejar un silencio que lo diga todo. Su texto es ágil, juguetón, y se nota el cariño con el que retrata a sus personajes. Y para rematar también realiza el color de toda la obra completando un circulo perfecto.

La edición de Astiberri es preciosa, cuidada, con una traducción muy natural de Diego de los Santos que mantiene la frescura y el ritmo del original. Es uno de esos libros que da gusto tener en las manos. El papel, los colores y el formato grande que deja respirar los dibujos. Además de multitud de extras que es mejor no desvelar. Todo invita a disfrutarlo con calma, con esa sensación de estar sosteniendo algo especial. Porque esta pequeña brujita tiene ese poder que solo poseen las buenas historias. Te hace sonreír sin cinismo, te hace recordar que alguna vez creíste en dragones, en brujas y en cerdos que hablan con la mirada.
Hablando de dragones, hay uno, claro. Pero su papel, más allá del misterio y el peligro, es también simbólico. Representa ese miedo a lo desconocido que todos tenemos, esa sombra que parece enorme hasta que te atreves a mirarla de cerca. Bruma lo hace con su habitual mezcla de torpeza y coraje, y en el proceso nos enseña que ser valiente no significa no tener miedo, sino enfrentarlo con el corazón abierto (y un cerdito al lado). Este comic es, en el fondo, un canto a la imaginación. A ese impulso infantil de experimentar, fallar, reír y seguir probando. Es un cómic que deja el alma calentita, perfecto para leer en voz alta con niños, pero también ideal para adultos que necesiten recordar que la vida está llena de pequeñas magias. Una amistad sincera, una aventura inesperada o una niebla que acaba despejando justo cuando aprendes algo importante.

Cuando terminas estás 64 páginas, te queda esa sonrisa tranquila de quien acaba de vivir algo bonito. Bruma, Hugo y Hubert se instalan en tu memoria como viejos amigos, y el mundo parece un poco más amable. Quizá no podamos lanzar hechizos ni hablar con dragones, pero sí podemos rescatar esa mirada curiosa que ve la magia en lo cotidiano. Y eso es exactamente lo que este cómic consigue. Hacernos sentir que, con un poco de imaginación, todo es posible. Así que, si te gustan las historias que abrazan, los dibujos que hacen sonreír y los personajes que te recuerdan lo que es ser niño, no busques más. «Bruma: El despertar del dragón» es un viaje corto pero luminoso, un soplo de aire fresco entre tanta niebla. Porque a veces, la verdadera magia no está en el grimorio, sino en atreverse a abrirlo.
