Nemesis The Warlock Volumen 3. Un mar de fuego y sangre

Abrir el tercer tomo de «Némesis the Warlock» es como levantar la tapa de un ataúd que lleva diez años sellado y descubrir que dentro hay fuego, metal y una carcajada demoníaca. El universo de Pat Mills nunca reposa: si Torquemada ha muerto, habrá que resucitarlo; si el orden se impone, habrá que prenderle fuego; si la humanidad sobrevive, habrá que recordarle por qué no merece hacerlo. Así arranca este volumen descomunal, un cómic que es a la vez misa negra, sátira política y heavy metal, con guion del infatigable Mills y dibujos de Kevin O’Neill, Bryan Talbot y Tony Luke, tres artistas que pintan el fin del mundo como si fuera un carnaval victoriano lleno de sangre y vapor.

Han pasado diez años desde la caída del inquisidor supremo, pero en Terrapoder su nombre sigue siendo ley. Las masas lo veneran, las estatuas lo glorifican y los mutantes siguen temblando ante su recuerdo. Hasta que Thoth, el hijo de Némesis, decide abrir una grieta en el tiempo para traerlo de vuelta del pasado. ¿El resultado? Un Torquemada rejuvenecido, rabioso, más fascista que nunca, dispuesto a purgar el universo de todo lo que huela a “no humano”. Pero el regreso del déspota arrastra consigo otras criaturas olvidadas, como el tiranosaurio Satanus (sí, el mismo de Juez Dredd), algún juez que pierde la vida y un enjambre de horrores cósmicos que hacen que la galaxia se convierta en una misa de gritos y metralla.

Frente a ellos, el brujo Némesis cabalga su dragón Blitzspear como un profeta del caos. Su causa sigue siendo la libertad, pero su forma de alcanzarla ya se parece demasiado a la destrucción. Mills juega con esa ambigüedad. Némesis no es un héroe, sino un incendio con conciencia, una criatura tan peligrosa como el tirano al que combate. En este volumen, más que nunca, ambos se reflejan el uno en el otro como dos caras del mismo espejismo. La pureza y la rebelión, el orden y la anarquía, devorándose mutuamente.

El cómic, sin embargo, no es solo una guerra ideológica, sino una orgía estética. Con O’Neill y Talbot alternándose en los lápices, Némesis se convierte en un monstruo gráfico de mil rostros. O’Neill es el arquitecto de lo grotesco. Su línea es un filo que corta el ojo, una explosión de cuerpos imposibles, ciudades góticas y tecnología que parece viva. Pero cuando llega Bryan Talbot, el delirio se vuelve más elegante, más barroco, más inglés por decirlo de alguna manera. Su trazo, cargado de ecos victorianos, transforma el Imperio Gótico en un universo donde las máquinas suspiran, los aristócratas cambian de forma y el aire huele a óxido y decadencia. No intenta imitar a O’Neill. Lo reinventa, y en esa mezcla el cómic alcanza su punto álgido. Como detalle especial están las paginas de Tony Luke que no dibuja, sino que realiza fotografía de manera literal. Una historia de lo más peculiar que casa a la perfección con el resto de paginas que aparecen en el tomo, dando a entender que estamos en multitud de mundos diferentes.

La aparición de los ABC Warriors es el golpe maestro. Los robots guerreros regresan como una tropa de dioses metálicos, cada uno con su propia locura. La alianza entre Némesis y los ABC es un desfile apocalíptico: fuego, acero y filosofía. Son máquinas con alma, soldados con conciencia, y su regreso recuerda que el universo de 2000 AD está unido por un hilo invisible de sátira y furia. Donde hay opresión, Mills manda a sus criaturas a morder. Y en el centro de todo, Torquemada. El inquisidor vuelve más enfermo que nunca, más carismático, más monstruoso. Mills lo moldea con una mezcla de terror y humor, y Bryan Talbot lo convierte en una figura religiosa del horror, un dios que predica pureza mientras se pudre por dentro. Su lema, “¡Sed puros! ¡Sed conscientes! ¡Sed Buenos!”, resuena como una maldición que atraviesa las décadas. En los años ochenta sonaba a sátira política; hoy, a espejo. No hay villano más vigente que este fanático que odia todo lo que no entiende y que arrastra a la humanidad al abismo en nombre del orden.

El tercer tomo es también el punto de inflexión moral de la saga. Por primera vez, Némesis parece tan culpable como su enemigo. Thoth, su propio hijo, encarna la consecuencia inevitable del odio: el ciclo de violencia que se hereda como una maldición familiar. Mills lo sabe y lo explota con cinismo divino. No hay héroes, solo causas, y todas sangran. El cómic se convierte así en un tratado sobre la corrupción de las ideas, sobre cómo incluso la libertad puede degenerar en tiranía cuando se predica con fuego. La serie alcanza aquí una fluidez brutal. Las tramas saltan de un planeta a otro, de una época a otra, con el ritmo de una sinfonía salvaje. No hay descanso. Batallas temporales, ejecuciones suspendidas en el último instante, discursos fanáticos, dioses enloquecidos y robots filosóficos. Mills se las arregla para colar un humor negro que corta como bisturí. Chistes sobre inquisidores incompetentes, mutantes que se ríen de su propia desgracia, monjas armadas hasta los dientes… todo cabe en el caos de Némesis.

La edición de Dolmen continua con su formato de nivel. Traducción de Alberto Díaz, con sus 224 páginas la mayoría de ellas en blanco y negro y muy pocas a color. Una introducción de Barsen Sánchez como en anteriores ocasiones y unas guardas que son para enmarcar. Por eso este tebeo brilla como una reliquia profana. El papel huele a tinta y a historia. Sostenerlo es sostener cuarenta años de revolución estética y narrativa, el espíritu punk que hizo de 2000 AD una religión para los descreídos. Cerrarlo, en cambio, deja un eco. Ese eco dice que el infierno está lleno de santos, que los monstruos también rezan y que los profetas del caos a veces tienen razón. El tercer tomo de «Némesis the Warlock» es más que un cómic. Es una visión apocalíptica donde el bien y el mal se confunden, donde la sátira se convierte en profecía, donde el dibujo se desborda hasta la locura. Pat Mills, O’Neill y Talbot firman aquí un monumento al exceso, un canto a la imaginación radical, una herejía maravillosa que sigue viva, rugiendo, recordándonos que la pureza es solo otra forma de locura. Porque al final, en el universo de Némesis, todos los caminos llevan al mismo grito: “¡Sed puros! ¡Sed conscientes! ¡Sed Buenos!” y luego quema el mundo.

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