«El artefacto perverso» es una herida que nunca termina de cerrarse. No un cómic, sino una exhumación. Bajo las páginas de Federico del Barrio y Felipe Hernández Cava late un corazón viejo, fatigado, que bombea tinta negra y recuerdos mutilados. Es la historia de un dibujante, Enrique Montero, pero también la de un país que decidió olvidar a los suyos para sobrevivir. En sus viñetas, el polvo del Madrid de 1945 se mezcla con la ceniza de los sueños republicanos, y cada trazo parece un suspiro contenido, una confesión escrita con mano temblorosa en la penumbra de un estudio.

Del Barrio y Cava no buscan hacer memoria. Buscan desenterrar un cadáver que aún huele a miedo. La posguerra española aparece aquí como una cloaca moral donde los viejos ideales han sido sustituidos por la supervivencia y el silencio. Montero, maestro represaliado, intenta ganarse la vida dibujando tebeos. En ese gesto casi inocente, esa necesidad de seguir creando, aunque el mundo se haya convertido en ruina, se condensa toda la tragedia del vencido. Lo que dibuja se convierte en espejo deformado de su realidad. Héroes de papel que pelean batallas justas en un país donde la justicia ha sido prohibida.
El guion de Hernández Cava es una maquinaria precisa y cruel. Cada diálogo destila la tristeza de quien ha visto desaparecer su mundo. Las voces de los personajes suenan como si salieran de una habitación cerrada hace años, resonando contra las paredes del olvido. Su estructura en un formato de viejos fascículos de aventuras no es una simple nostalgia. Es un recurso perverso. Cava y Del Barrio convierten el cómic dentro del cómic en una trampa de espejos, donde las ficciones del protagonista son la coartada para hablar de la mentira más grande. La que construyó la España de posguerra para convencerse de que todo estaba bien.

Es aquí donde este tebeo se vuelve verdaderamente siniestro. Porque no hay redención ni salida, solo una espiral que se muerde la cola como una serpiente vieja. Lo real se confunde con lo inventado. Lo dibujado con lo vivido. Hasta que comprendemos que la historieta es, en el fondo, una forma de resistencia. La última barricada del alma cuando el mundo exterior se ha descompuesto. Montero crea un héroe llamado Pedro Guzmán, un aventurero que lucha contra villanos arquetípicos mientras su creador apenas puede mantener la esperanza. Pero pronto ambos se funden. El dibujante y su criatura son el mismo cuerpo dividido entre el deseo de olvidar y la imposibilidad de hacerlo.
En el aspecto gráfico, el trazo de Federico del Barrio es un mapa de sombras. Hay algo absorbente en su manera de ennegrecer los rostros, de llenar los espacios con la densidad de la culpa. Su blanco y negro no es simple economía de medios. Es el lenguaje del duelo. Las viñetas parecen iluminadas por una bombilla desnuda que parpadea sobre la mesa del dibujante, y en esa luz incierta todo se contamina. Los rostros se animalizan, los gestos se deforman o las líneas tiemblan como si fueran dibujadas desde la fiebre. Es un estilo expresionista que no embellece el horror, sino que lo encapsula, lo retuerce hasta hacerlo soportable. Hay un momento particularmente perturbador cuando el dibujo abandona el realismo para adentrarse en la alucinación. Del Barrio rompe las líneas rectas, los rostros se disuelven, los recuerdos se confunden con sueños. Esa deriva visual no es gratuita. Expresa el colapso de un hombre que ya no distingue entre la historia que dibuja y la historia que ha vivido. Lo que empezó como un trabajo para sobrevivir acaba convertido en una confesión involuntaria. El artefacto del título no es solo el cómic dentro del cómic, sino la propia memoria. Un mecanismo perverso que obliga a recordar cuando uno querría enterrar todo.

Al cerrar sus 64 páginas, uno siente el peso de lo que ha leído no tanto en la cabeza como en el pecho. Es un cómic que deja una especie de resaca emocional, como si uno hubiera caminado por una ciudad bombardeada y descubierto, entre los escombros, los restos de una vida que podría haber sido la suya. En esa sensación de pérdida compartida reside su grandeza. No hay moraleja, no hay final consolador. Solo la certeza de que el arte puede ser una forma de resistencia íntima, una manera de enfrentarse al olvido cuando la historia oficial se empeña en enterrarlo todo bajo capas de silencio.
Esta obra ya se publicó por varias editoriales españolas. Por eso, cuando Astiberri lo recupera, no solo reedita una obra interesante, exhuma una verdad incómoda. Por eso, «El artefacto perverso» es un recordatorio de que los fantasmas de la posguerra siguen ahí, mirando desde las sombras, esperando a que alguien vuelva a dibujarlos. Y Cava y Del Barrio lo hicieron con una precisión quirúrgica, con la serenidad de quien sabe que el verdadero horror no está en los monstruos del tebeo, sino en los hombres reales que aprendieron a convivir con su propia derrota. Oscuro, lúcido y profundamente humano, este cómic sigue siendo el espejo más perverso de nuestra memoria.
