“! ¡Instituto Benéfico de los EXcelsos XXXV!”
Si los galos de la aldea irreductible supieran lo que es el “Garum”, seguramente se pensarían bastante beber su brebaje mágico. Porque «Astérix en Lusitania», el álbum número 41 de la serie, tiene tanto de nostalgia como una buena cantidad de pescado. Así como gags y mucha melancolía. Porque los irreductibles han cruzado al fin la frontera para conquistar Lusitania (perdón, visitar Portugal). Y lo hacen a su manera. Dando mamporros, probando salsas raras y tratando de entender por qué los lusitanos pueden estar tristes hasta cuando ganan.

Fabcaro y Didier Conrad, con el color de Thierry Mébarki, devuelven a los galos a la carretera en un tebeo que tiene el mismo aroma que un vino verde. Entra suave, pero deja un sabor raro al final. La premisa es simple: Venagaes, un antiguo esclavo que conocimos en «La residencia de los dioses», pide ayuda a Astérix y Obélix para rescatar a su amigo Aversivés, acusado injustamente de intentar envenenar al mismísimo Julio César con salsa garum (sí, la cosa va de pescado podrido, pero con clase romana). Allá van nuestros héroes rumbo a Olisipo, la actual Lisboa, a repartir justicia, dejando mamporros y frases para el recuerdo.
Desde las primeras páginas, el viaje promete. Obélix está entusiasmado con la idea de probar la comida del lugar y Astérix mantiene la cabeza fría, como siempre. Pero pronto llega el primer choque cultural: “¿Bacalao otra vez? ¿Dónde están los jabalíes?”. Ahí empieza el festival de chistes gastronómicos, musicales y sentimentales que, entre tú y yo, funcionan mejor cuando los protagoniza el grandullón. Por otro lado la saudae , esa melancolía con glamour que los portugueses han elevado a categoría de arte, se convierte en el verdadero enemigo del álbum. Y no hay poción mágica que la cure. De hecho, una de las mejores escenas del tebeo es cuando una tropa romana, lista para atacar, se topa con un fado tan deprimente que decide rendirse. “Bah, con ánimo o sin él, el final será el mismo”, musita un legionario con ojeras existenciales. Y ahí tienes, en una viñeta, la definición perfecta del espíritu lusitano.

Fabcaro se esfuerza por mantener el tono de René Goscinny sin calcárselo. Es un equilibrio complicado. Entre la reverencia al original y la necesidad de no parecer un álbum hecho por un algoritmo galo. Su humor es más absurdo, más contemporáneo, y aunque a veces se pasa de prudente, sabe construir escenas que funcionan por acumulación. No hay grandes carcajadas, pero sí un goteo constante de sonrisas. Si Goscinny lanzaba fuegos artificiales, Fabcaro enciende bengalas con forma de bacalao. Eso sí, el guionista parece tener un GPS interno que marca “piloto automático” a mitad de la lectura. Cuando los galos llegan a Lisboa, uno espera una sucesión de gags históricos, monumentales, delirantes y se encuentra con diálogos que parecen escritos en plena digestión. Falta chispa, falta ritmo, falta algo que no se describe fácilmente. No es que el guion sea malo, es que no parece tener prisa por ser bueno. Se diría que Fabcaro confía en que el simple hecho de ver a Astérix y Obélix en Portugal ya sea suficiente. Y, siendo honestos, a ratos lo es.
El dibujo de Conrad, en cambio, está en plena forma. Si algo salva este volumen número cuarenta y uno del bostezo es su arte. Las calles empedradas, las tartaletas pequeñas de nata y crema, ese mejunje que parece sacado del infierno y todo el mundo aprecia. Cada viñeta parece una postal con aroma a sardinas asadas. Conrad ha alcanzado ese punto mágico en el que dibuja como Albert Uderzo, pero sin clonarlo. Eso, en una serie con sesenta años de historia, es casi milagroso. Luego está el color. Mébarki lo llena todo de luz oceánica. No es la calidez mediterránea, sino una luminosidad más húmeda. Con cielos que parecen a punto de ponerse a llover sobre la cabeza de Obélix aunque se tiña el pelo. Lo cual, por supuesto, le cabrea mucho.

El álbum, eso sí, tiene momentos deliciosamente absurdos. Ver a Astérix y Obélix disfrazados de portugueses es uno de ellos. Obélix sin trenzas parece un turista perdido en el Algarve, y Astérix con bigote moreno podría pasar por un camarero de cualquier restaurante. El gag no dura mucho, pero deja huella. También un preso que pronostica la Revolución de los Claveles con siglos de antelación. Humor anacrónico, marca de la casa. Donde Fabcaro sí acierta de pleno es en los pequeños detalles culturales. Portugal aparece con cariño, sin caricaturas gruesas. Hay fado, hay bacalao en todas sus formas (al punto de que Obélix amenaza con declararle la guerra sin cuartel), y hay esa hospitalidad melancólica que convierte cada comida en un acto poético. De hecho, Gama (la posadera lusa con nombre de explorador) roba cada escena en la que aparece, sobre todo cuando desarma a los romanos cantando fados tan tristes que los deja sin voluntad de pelear. Pero el problema de fondo persiste. Este tebeo de Astérix no tiene momentos memorables a la altura de los clásicos. La crítica social, habitual en la saga, aquí aparece algo dispersa. Hay dardos contra el capitalismo y la globalización, una pulla a la burocracia romana que parece una oficina de Hacienda, y una escena en la que unos turistas galos jubilados sueltan reflexiones sobre la delincuencia y la inmigración que rozan lo incómodo. Es el tipo de humor que intenta ser ácido, pero acaba diluido en vino de Oporto.
A nivel técnico, la edición de Editorial Bruño/Salvat es, como siempre, impecable: cartoné sólido, papel de buen gramaje, color brillante y traducción espléndida de Isabel Soto y Alejandro Tobar, que se las arreglan para adaptar los juegos de palabras franco-lusitanos al castellano sin perder ni la gracia ni la sonoridad. Traducir nombres como “Aversivés” o “Venagaes” sin que suenen a medicamentos ya es una proeza. En conjunto, es un álbum que camina sobre la cuerda floja entre la tradición y el tedio. Tiene momentos brillantes, personajes con encanto y un dibujo espectacular, pero también una sensación de “esto ya lo he leído”. La nostalgia pesa, y ni toda la poción mágica del mundo puede levantar un guion que se limita a cumplir. Sin embargo, uno no puede enfadarse del todo. Porque, ¿cómo vas a enfadarte con Astérix y Obélix? Son parte de nuestra infancia, de nuestra forma de reírnos del poder, del absurdo, de los romanos y de nosotros mismos. Verlos pasear por Lisboa, discutir con taberneras o deprimirse con un fado es casi terapéutico. Aunque el álbum no brille como los clásicos, sigue siendo una excusa perfecta para volver a ese universo donde los romanos siempre salen volando y los banquetes terminan con el bardo atado a un árbol.

Así que, si buscas un Astérix que te devuelva la carcajada de antaño, quizá este no sea tu álbum. Pero si te apetece viajar con los galos a un Portugal de mosaicos, bacalao y melancolía, y dejarte llevar por esa mezcla de humor y tristeza que solo los portugueses entienden, «Astérix en Lusitania» te sacará una sonrisa, aunque sea con ese vino de uva poco madurada. Cuando cierres el tomo, con su portada brillante y su olor a tinta recién impresa, puede que te entren ganas de poner un fado, comerte un pastel de nata y brindar con vino de Oporto por los viejos tiempos. Porque sí, los galos ya no son los mismos, pero siguen siendo los únicos capaces de recordarnos que, por Tutátis, reírse sigue siendo la mejor arma contra el Imperio.
“Busque, compare y si encuentra un Garum Lupus mejor, cómprelo”
