
“Yo soy el Adversario…”
El infierno existe, y está en Mega-City Uno. No me refiero a los suburbios ni a la burocracia judicial: hablo de Satán. El auténtico, el de los cuernos, fuego y mala leche, bajando del espacio exterior como si quisiera pedirle explicaciones a Dredd por haberse pasado de justiciero. Así explota el tomo llamado «Juez Anderson: Satán». Un comic que demuestra dos cosas esenciales. Que Alan Grant era un guionista que sabía lo que hacía y que Arthur Ranson no dibujaba, invocaba. Cada página suya es una sesión de espiritismo gráfico, una llamada a las fuerzas del más allá del cómic, donde los rostros parecen tallados en mármol y las visiones mentales de Cassandra Anderson podrían decorar una Capilla Sixtina versión ciberpunk.
Pero vayamos por partes, que esto no es el Apocalipsis todavía (aunque casi). Este volumen recopila cuatro historias inéditas en España de la juez más empática, más poderosa y, por qué no decirlo, más humana del universo Dredd. Tenemos: The Protest, R*Evolution, The Jesus Syndrome y, por supuesto, la apoteósica Satan. Cuatro aventuras que funcionan como una especie de descenso a los círculos del infierno psicológico de Anderson, donde cada caso la pone un poco más cerca de la locura, de la fe y de ese punto de rotura en el que una heroína se pregunta si el sistema al que sirve merece realmente ser defendido.

El plato fuerte, como indica el título, es la historia en la que el mismísimo Satán decide aparecerse en la Tierra Maldita. Que ya de por sí debería ser motivo para que alguien llame al padre Karras, pero aquí los que acuden son los jueces, faltaría más. Dredd está de paso, haciendo lo que mejor sabe hacer (gruñir y sentenciar), pero la función es de Anderson, que se enfrenta al Príncipe de las Tinieblas en un duelo de mentes. Literalmente. No hay puñetazos, no hay disparos: es un combate de intelectos, de fe y de poder psíquico. Puede sonar filosófico, pero el infierno que Ranson despliega hace que hasta la teología se sienta como al muy apegado a la realidad. Ahora bien, la auténtica joya del tomo es R*Evolution, donde Anderson se cruza con el multimillonario Vernan D’Arque: una especie de dios del horror que ha decidido fusionar su mente con las de otras seis personas. Lo que sigue es un viaje mental con transferencias psíquicas, cuerpos deformes, tentaciones de inmortalidad y una tensión que combina misticismo, ciencia ficción y terror existencial. Si Satan es el infierno bíblico, R*Evolution es el infierno tecnológico, y ver cómo Anderson se planta frente a un tipo que literalmente se cree Dios versión beta es una delicia.
Las otras dos historias, The Protest y The Jesus Syndrome, funcionan como aperitivos espirituales: la primera lanza una bomba social sobre la desesperación de la gente en una Mega-City donde el suicidio colectivo se convierte en forma de protesta; la segunda se mete de lleno en la religión y el fanatismo, con un profeta que promete redención y libertad a costa de volar por los aires el sistema judicial. Aquí Grant brilla, porque logra que Anderson dude, que sienta, que se cuestione si está sirviendo al bien o a un régimen que solo sabe castigar. No es poca cosa para una saga que empezó como simple spin-off de Dredd y acabó explorando temas de moralidad, libre albedrío y redención en un futuro donde hasta los sueños están regulados por decreto.

El aspecto gráfico es lo que merece una imprescindible mención. Arthur Ranson es tan descomunal que parece que el tipo no dibujara, sino que canalizara visiones de otro plano de existencia. Cada rostro, cada escenario, cada pesadilla mental está tratado con un nivel de detalle enfermizo, pero nunca caótico. Su trazo combina la precisión del grabado con la sensibilidad del colorista zen. Los degradados, los contrastes, los reflejos lumínicos: todo respira. Todo se siente tangible, pero también alienígena. En sus manos, Mega-City Uno no es solo una urbe del futuro. Es un organismo vivo, una ciudad que te observa y te juzga, como si también fuera un juez. Y cuando el infierno se abre paso en sus páginas, lo hace con una belleza tan hipnótica que cuesta no pensar que Satán, de haber tenido agencia artística, habría contratado a Ranson para diseñar su infierno personal.
La edición de Dolmen, como ya es costumbre, es impecable. Traducción de Alberto Díaz, tapa dura, tamaño ideal para apreciar los detalles de Ranson, papel de calidad y color impreso con mimo. Incluye textos introductorios, comentarios de Barsen Sánchez y Mikel Bao, junto a las portadas originales que te hacen desear colgarlas en la pared (si no temieras que Satán viniera a reclamar tu alma por hacerlo). Dolmen se está luciendo con su línea Albión, recuperando cada joya británica con una elegancia que hace que hasta los jueces más duros se ablanden.

Por todos estos detalles surge una pregunta: ¿Funciona el tomo por sí solo? Absolutamente. No hace falta ser un experto en Dredd ni haber leído Shamballa. Este «Juez Anderson: Satán» se sostiene con fuerza propia. Puede ser una puerta de entrada ideal al universo 2000 AD, porque combina lo mejor de esa tradición británica de ciencia ficción social con un trasfondo místico que parece salido de un cómic europeo. Grant no temía mezclar lo teológico con lo tecnológico, lo humano con lo infernal. Su guion pregunta si hay redención posible en un mundo donde la justicia ha perdido su alma. Y Anderson, telepática y vulnerable, es la única que se atreve a buscar una respuesta. Así que sí, este cómic es una maravilla. Es terror metafísico, ciencia ficción judicial, drama existencial y espectáculo todo en uno. Es un tomo que debería venir con advertencia espiritual y casco de lectura. Porque cuando abras sus páginas, el infierno te va a mirar a los ojos.
“Ninguno de los impíos entenderá, pero los sabios comprenderán”
