Tower Dungeon 1: Escalar el abismo

Hay autores que levantan mundos, y luego está Tsutomu Nihei. El arquitecto del abismo, el ingeniero del vacío o el hombre que dibuja estructuras imposibles como si el papel fuera un plano de otro universo. Con «Tower Dungeon» (タワーダンジョン), Nihei ha decidido cambiar los pasillos infinitos de la ciencia ficción por una torre medieval que parece salida de una pesadilla gótica. El resultado es tan brutal, tan físico, tan hipnótico, que uno siente que más que leer el manga lo escala, piso a piso, monstruo a monstruo, hasta quedarse sin aliento.

La historia no engaña a nadie. Un malvado nigromante asesina al rey, secuestra a la princesa y se refugia en lo alto de la Torre del Dragón. La Guardia Pretoriana del reino entra dispuesta a rescatarla, pero la torre no es un edificio, es un depredador. Cada planta está viva, cada sombra acecha, cada escalón puede ser el último. Y en mitad de ese infierno de piedra y oscuridad aparece Yuva, un joven campesino con más voluntad que sentido común, que decide unirse a la Guardia y lanzarse a la aventura con una espada, una mochila y cero expectativas de sobrevivir. Lo que sigue es una fantasía oscura que combina el espíritu de dragones y mazmorras con la desesperación de un videojuego, filtrada por la mirada de un artista que siempre ha visto el mundo como una catedral colapsando sobre sí misma.

Nihei no intenta reinventar el mito de la torre ni el tópico del héroe. Lo que hace es darle su propio lenguaje, convertirlo en una experiencia sensorial. Cada capítulo se siente como una partida de videojuego: entras, luchas, caes, aprendes y repites. La estructura narrativa es simple, casi primitiva, pero Nihei la enriquece con su obsesión por el espacio y la materia. Las paredes son respiración, los pasillos parecen tendones, y los monstruos son esculturas de pesadilla. La torre no es solo escenario: es una entidad. Una cárcel vertical donde la historia se repite infinitamente.

El trazo de Nihei aquí está más suelto que alguna de sus otras obras, más visceral, como si la pluma estuviera tallando piedra en lugar de dibujarla. Esa textura rugosa es perfecta para el ambiente medieval. El mundo de Tower Dungeon está hecho de ruinas que huelen a óxido y sangre, de catedrales torcidas, de arquitecturas que parecen retorcidas por los dioses. Su composición juega con la perspectiva isométrica, con el vértigo y la profundidad. Uno no mira las viñetas, se asoma a ellas. Hay páginas tan oscuras que cuesta distinguir las figuras, pero esa negrura tiene intención. Es la niebla del misterio, el aire espeso del peligro.

La influencia de los videojuegos no se esconde. La torre es una mazmorra viva en el que los protagonistas deben subir una y otra vez, equipándose mejor, aprendiendo a sobrevivir. Hay enemigos más poderosos que los héroes, una dificultad cruel pero justa, y una trama elíptica que deja al lector rellenar los huecos. Todo suena familiar, pero la ejecución es pura artesanía grandiosa, incómoda y adictiva. A veces el ritmo da saltos, pasando bruscamente de la acción al descanso, de la lucha al campamento. Pero esos vaivenes son parte de su personalidad, como si el manga respirara al mismo compás que sus personajes: con jadeos, con pausas, con hambre de seguir subiendo.

En cuanto a la edición española, Pika Ediciones ha hecho un buen trabajo. El tomo, en formato A5 y con 192 páginas, ofrece espacio suficiente para disfrutar del arte monumental de Nihei. La maquetación corre a cargo de Daruma Serveis Lingüístics y la traducción, de Marc Bernabé, que capta bien el tono seco y elegante del original. Por eso, cuando llegas al final, lo entiendes: esto no es una conclusión, es el comienzo. «Tower Dungeon» apenas ha abierto sus puertas con este primer tomo, y ya deja la sensación de haber entrado en algo vasto casi imposible de abarcar. Cada página es una promesa de alturas más peligrosas, de secretos enterrados entre la piedra y el fuego. Nihei no ha construido una historia cerrada, sino el prólogo de una odisea vertical. Todo lo que hemos visto es solo el primer peldaño de una estructura que seguirá creciendo, piso a piso, hasta el cielo o el infierno. Cada página vibra con la sensación de que lo mejor (y lo más terrible) está por venir. Este inicio huele a destino, a ruina y a gloria. Así que cierra el tomo, respira, y prepárate: la torre seguirá creciendo, y nosotros, como Yuva, no podremos evitar entrado en sus profundidades.

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