Bienvenido al mundo: lúcido delirio

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Si alguna vez un ser de otra galaxia aterrizara en nuestro planeta y se propusiera entender la especie humana a través de sus tebeo, «Bienvenido al mundo» de Miguel Brieva sería su primer y último contacto antes de huir despavorido, riéndose histéricamente por el espacio profundo mientras grita “¡Estos terrícolas están fatal!”. Y tendría razón. Porque este cómic no es una lectura, es un electroshock cultural, una ensalada psicodélica de humor negro, ironía y desesperación disfrazada de risa. Es la Biblia ilustrada del absurdo moderno, un diccionario de nuestra autodestrucción con la carcajada como anestesia.

Brieva se pone el traje de alienígena para recorrer nuestro planeta y anotar, de la A a la Z, los delirios de una civilización que confunde el progreso con los “me gusta” y la libertad con el carrito de Amazon. Cada entrada de su enciclopedia es una radiografía satírica que podría haber firmado un filósofo griego con resaca o un payaso demente en pleno ataque de lucidez. ¿Adulto? “Residuo que queda tras el desvanecimiento de un niño”. ¿Rico? “Yonqui del dinero”. Es un apocalipsis explicado con humor, y encima con dibujos que parecen venir de una revista propagandística de los años 50 pasada por un centrifugado de LSD.

Leer este cómic es como ver a un Dios con ojeras leyendo el periódico y echándose unas risas con nuestros titulares. Es un espejo deforme en el que el reflejo no es menos cierto por ser grotesco. Porque Brieva no inventa nada. Simplemente amplifica lo que ya somos, como si le hubiera robado la lupa a un loco y la hubiera enchufado al plasma de un televisor de saldo. Es una colección de delirios perfectamente verosímiles. DVDs con las mejores peleas en parlamentos, liftings de cerebro, Hitler diseñando cuentos infantiles, y archipiélagos que se fusionan con galaxias. Todo tiene sentido o al menos tanto sentido como un telediario con las noticias del día.

La gracia (y la tragedia) de Brieva es que no dibuja un mundo paralelo. Éste es el nuestro tal como es, pero sin filtros de cualquier red social. Su trazo retro, de textura casi publicitaria, convierte la crítica en un misil envuelto en papel de caramelo. A veces parece que el propio capitalismo se autoparodiará en sus páginas, con un logotipo sonriente que vende “felicidad embotellada” o “autenticidad en cuotas mensuales”. El autor juega con el imaginario del sueño americano, ese sueño que se volvió pesadilla y ahora nos despierta cada mañana para ir al trabajo. Brieva tiene la habilidad del humorista filosófico. Ese que primero te hace reír y luego te deja con la mandíbula desencajada, preguntándote en qué momento aceptaste este circo como vida. Hay en sus páginas más pensamiento político que en un debate parlamentario, más poesía que en diez cuentas de autoayuda y más verdad que en cien eslóganes de responsabilidad social corporativa. Es un humor que no busca la sonrisa fácil, sino la mueca del que se da cuenta de que la tostada siempre cae del lado de la mantequilla y que la mantequilla la fabricó Donald Trump.

El formato de enciclopedia es una genialidad. Convierte la obra en un artefacto infinito. Puedes leerla de corrido o abrirla por cualquier letra y hallar una joya afilada. Es el manual de supervivencia para un mundo que ya no sabe sobrevivir. Cada palabra redefine el vocabulario con un sarcasmo que escuece, pero que también ilumina. Cuando define “Entusiasmo” como “requisito imprescindible para agitar una bandera de colores como si te fuera la vida en ello”, lo que hace es desactivar toda la grandilocuencia vacía con la que decoramos nuestras miserias. No deja títere con cabeza, pero tampoco lo hace con amargura. Su humor es combativo, no cínico. Además, por si el banquete no fuera suficiente, esta nueva edición de Astiberri añade dieciséis páginas inéditas que no aparecieron en su momento en la edición de Reservoir Books. Esas páginas son un postre ácido con nuevos conceptos como “monoteísmo”, “geroronto(des)gracia”, “ecotopía” o “tecnofeudalismo”. Cuatro palabras que definen nuestro presente con la precisión de un bisturí y la elegancia de un golpe en la cabeza. Es un anexo que no se siente como añadido, sino como el diagnóstico actualizado de una enfermedad que sigue sin cura: nosotros mismos.

En definitiva, «Bienvenido al mundo» no es solo un tebeo. Es una terapia colectiva. Es ese espejo que necesitamos para recordar que seguimos vivos, aunque el sistema intente convertirnos en estadísticas pensadas para los políticos de turno. Es el tipo de tebeo que debería venderse junto a un manual de primeros auxilios y una botella de agua. Porque después de leerlo uno se queda exhausto, feliz y un poco mareado. Así que, si alguna vez sientes que el planeta se ha vuelto un chiste sin gracia, abre este tomo y ríete. Ríete con rabia, con inteligencia, con ironía. Ríete como si la risa fuera el último gesto de resistencia. Porque, como bien dice Brieva, hay combinaciones que nunca se deberían mezclar y este comic nos recuerda que algunas de ellas deberían estar más alejadas que otras.

Combinaciones que nunca deben hacerse: Tuna & Tunning

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