Usagi Drop 4: Pequeños pasos

Leer el cuarto volumen de «Usagi Drop«(うさぎドロップ / «Bunny Drop«) es como abrir la ventana de una casa en la que ya te sientes parte de la familia. Rin ha crecido, ya es una niña de primaria, y aunque aún guarda esa ternura inocente que cautivó desde el inicio, el foco comienza a desplazarse hacia el modo en que Daikichi observa el mundo de la crianza más allá de su propia experiencia. Yumi Unita nos muestra que ser padre (o madre) no se limita al espacio privado, sino que está atravesado por comparaciones, aprendizajes ajenos, pequeñas dudas y un constante asombro frente al crecimiento de los hijos.

En este tomo la historia adquiere un tono un poco más amplio, porque Daikichi ya no está solo aprendiendo a cambiar pañales o a preparar comidas. Ahora observa las luchas de otros padres, sus silencios y resignaciones. El caso más claro es el de su prima Haruko, atrapada en un matrimonio en el que parece sofocada y sin espacio para expresar lo que realmente siente. Ella se refugia un tiempo en casa de Daikichi, como si necesitara aire fresco. Rin y Reina, las dos niñas, juegan y se acompañan, mientras en los adultos asoma la pregunta silenciosa: ¿cuánto sacrificio implica la vida familiar y dónde queda uno mismo en medio de todo ello?

El manga no da respuestas fáciles. De hecho, en ocasiones da la sensación de que Unita se acomoda en soluciones algo tradicionales. Como cuando Haruko termina aceptando su situación “por el bien de su hija”. Pero incluso en esos momentos se nota que la autora quiere abrir la ventana a conversaciones incómodas sobre los roles de género y la soledad de muchas madres. Que Daikichi, hombre soltero convertido en padre improvisado, sea el referente que parece dar lecciones a las mujeres puede resultar un poco injusto. Aunque también refleja esa mirada ingenua y torpe que le caracteriza. No siempre entiende, no siempre escucha, y esa torpeza forma parte de su humanidad. Más allá de estas tensiones, el volumen está lleno de momentos luminosos que condensan lo que significa ver crecer a un niño. Rin enferma y Daikichi entra en pánico, como si la fiebre de una pequeña fuese el fin del mundo. Rin pierde su primer diente y el suceso se vive con un dramatismo y ternura que solo un adulto enamorado de su rol paterno puede sentir. Rin se esfuerza por entrenar en el salto a la cuerda y todo un grupo de padres y madres se involucra, recordándonos que la crianza también se construye en comunidad. Esa escena en el parque, con los niños saltando, los padres animando, los grupos dividiéndose entre baloncesto y juegos de goma, encapsula la ambivalencia del tomo. Por un lado, la alegría de ver a los pequeños compartir; por otro, la incomodidad de percibir cómo las expectativas de género se filtran incluso en un juego inocente. Rin, tan vital y llena de energía, aparece dibujada con una feminidad un poco rígida, como si el peso de esas expectativas ya cayera sobre ella. Y como lector, uno no puede evitar pensar: ¿no sería más natural verla corretear de un lado a otro sin importar con quién juega?

En el aspecto gráfico, el arte de Unita sigue siendo sencillo, cálido y lleno de gestos. Hay momentos en los que la anatomía no es perfecta, pero eso queda en segundo plano ante la expresividad de los rostros. Rin ilumina cada viñeta con su sonrisa, y Daikichi, con sus caras de sorpresa exagerada y sus gotas de sudor de manual, recuerda que la paternidad es un terreno de inseguridades constantes.

Lo que más queda al cerrar este tomo editado por Tengu, no es tanto una historia conclusiva, sino la sensación de haber acompañado un año más a un padre y a una hija en el día a día. Los pequeños logros de Rin son celebrados como si fueran grandes hitos. Un salto imposible, un diente caído, una fiebre superada. Y Daikichi, aunque siga dudando de si lo está haciendo bien, demuestra en cada gesto que la paternidad no se mide en saberlo todo, sino en estar ahí, atento, dispuesto, incluso cuando uno no tiene todas las respuestas. «Usagi Drop» es, en el fondo, un recordatorio íntimo y cariñoso de que los niños crecen deprisa y que cada momento compartido (por pequeño que parezca) se convierte en un tesoro. Yumi Unita logra que acompañar a Daikichi y Rin sea como compartir la sobremesa con una familia querida. Hay sonrisas, silencios incómodos y cansancio, pero sobre todo existe el cariño.

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