
Aquel marzo de 2009, en Barcelona, de no ser por la querida tienda de cómics que frecuentaba semanalmente, el que firma estas líneas no se habría enterado de que José González Navarro, “Pepe” para los cercanos, había fallecido. Apenas unas breves notas en algún periódico no habían dado la dimensión que merecía que el que quizá fuera el más grande con un lápiz entre las manos de todos los dibujantes surgidos en la ciudad condal. Por aquel entonces, la vida me llevó a pasar unos años en ciudad que fue durante décadas la capital del cómic español, la “Barcelona de los Prodigios” donde la escuela Bruguera y Selecciones Ilustradas iluminaron con sus viñetas a muchos lectores. Si Bruguera puso color durante décadas a muchos jóvenes lectores españoles con sus historietas, Josep Toutain, con su agencia “Selecciones Ilustradas” llevó el arte del cómic español fuera de nuestras fronteras en una época en la que España era un mundo aparte en cuanto a libertades y comunicación con el exterior.

Esa agencia fue especialmente significativa en mercados tan relevantes como el inglés y el estadounidense. Sin la legión de artistas españoles de Selecciones Ilustradas no podría entenderse una gran parte del pasado de oro de editoriales como Fleetway o Warren. Especialmente ésta última, un personaje consiguió una notoriedad excepcional gracias al talento de José González: “Vampirella”. Su icónico pin up, con lapiz de Pepe y pintado al óleo por Enric Torres Prat, Enrich, marcó un antes y un después para el personaje creado años atrás por Forrest J. Ackerman. Por mucho que el primer cómic de la vampiresa más sexy del comic fuera realizado por el propio Ackerman, Archie Goodwin y Frank Frazetta, la Vampirella definitiva es la que nace del lápiz de José González, la mejor, la más icónica y definitiva. De cerca le siguen los óleos realizados por Enrich, muchos utilizados en las mejores portadas que ha protagonizado el personaje. E insisto y me permito ser categórico: En Vampirella primero están José González y Enrich. Y luego los demás, con mucha categoría (Frazetta, Manuel San julián o Alex Ross, por citar solo a unos cuantos de los dibujantes de primera línea que la han dibujado), pero a un segundo nivel.

José González dio con su lápiz el barniz de icono a Vampirella. Su época dibujando el personaje es la más grande y gloriosa que ha tenido la vampiresa de Drakulon. Del mismo modo, no hay fotografía de Marilyn Monroe que llegue al nivel de atractivo sublimado que destiló Pepe cuando la retrataba . Y es que su manera de entender gráficamente la belleza creo escuela en una generación de dibujantes. Las mujeres dibujadas por Pepe destilaban atractivo y carisma a partes iguales. Un estilo propio que se reconoce en su obra y se detecta como influencia en muchos dibujantes de su generación y en posteriores.
Por eso se hizo muy extraño que la noticia de su fallecimiento no tuviera mayor difusión en la prensa general. Se había ido alguien muy grande. Quizá el tipo que más talento tuvo con un lápiz en las manos de toda España. Uno natural, pues el hacía las cosas de forma resolutiva, que no le llevasen mucho tiempo, pero tenía el don y la chispa para hacer magia gráfica en el papel en blanco. Una magia que regaló en muchos de los locales que frecuentó en Barcelona. Tanto de día como de noche, porque la noche José González la vivió con plenitud, procurando que no tuviera contacto con sus días y sus quehaceres como dibujante.

Así era José González, tan reconocible en su trazo artístico como hermético de su vida privada para sus compañeros y amigos de profesión. Una dicotomía que escondía muchos más talentos que poseía. Hubiera sido lo que hubiera querido, decían algunos de sus seres cercanos.
“- Mañana Pepe, ¿qué harás?
– Lo pensaré mañana.”
Como respuesta frente a la poca repercusión de su muerte nació la obra de Carlos Giménez que hoy nos ocupa: “Pepe”. Una en la que el maestro madrileño se propuso hacer justicia y memoria con la figura del dibujante barcelonés. Justicia con un hombre que, sin aparente esfuerzo, creo escuela ante el folio en blanco con un trazo tan elegante como refinado. Un artista que era talento puro cuando dibujaba. Y memoria. Memoria de quien fue él y como fue su vida. Para ello, Giménez hizo una ardua tarea de investigación conversando con varios de los más cercanos de Pepe.

El resultado, lejos de dar para un cómic, otorgó material para hacer una obra más extensa que repasaría lo que pudo conocer y descubrir de la vida de José González y llevarlo a unas viñetas que retrataban al dibujante a través de los testimonios recopilados. En consecuencia, fueron los cinco álbumes publicados entre 2012 y 2014 por Panini. Así, en noviembre de 2012, la publicación del primer volumen fue todo un acontecimiento en la tienda de cómics barcelonesa antes citada. No por nada, muchos de los habituales eran auténticos fans del trazo de José González y el tebeo de Giménez era un reconocimiento, con sus luces y sombras, a su vida y obra hecho papel.
Las cinco entregas de “Pepe”, en las que se descubre una esplendorosa madurez creativa de Giménez, son una historia río. La de José González, a través de anécdotas. Donde se sugiere la vida paralela nocturna que llevó el artista, la que no compartía de día con sus amigos y compañeros. Solo se advierte, pues de esta no hay muchos testimonios. Si bien son suficientes para poder atisbar la dimensión que no hizo participe con quien se relacionaba con él «de día».

Pero ante todo, las viñetas de Giménez, en un ejercicio de notable secuenciación y atención al más mínimo detalle, están llenas de humanidad. En el sentido que, cuando se leen, además de retratar nítidamente una época y lugar ( y poder reconocer a muchos de los dibujantes españoles que compartieron momentos con José González), transpiran vida. La que insufla Giménez a cada personaje con los gestos y expresiones dibujadas. Haciendo de este modo de “Pepe” una de sus obras más redondas y compactas, perfecta para leer de principio a fin. Pues transmite una vida, reflejando lo que fue Pepe más allá del mito que implica la firma de José González en un dibujo.
Por eso, que Reservoir Books haya recuperado “Pepe” en una edición total es más que una buena noticia. No solo porque la edición original ya está descatalogada, sino porque esta obra tiene un mayor sentido como un todo. Y así está presentada en esta cuidada edición XL a cargo de Carlos González Pérez, que se encarga de escribir un acertado texto en los extras junto a los del propio Carlos Giménez que aparecieron en las ediciones en formato álbum, donde comparten espacio con una amplia selección de bocetos que son oro puro y las reproducciones a color de las portadas originales de los cinco álbumes. Tanto las que se publicaron en su momento como las de las variantes que no vieron la luz en su momento.

Si “Paracuellos” fue una de las obras que consagró definitivamente a Carlos Giménez, “Pepe” inauguró una dorada etapa de madurez, a la que siguió la notable “Trilogía de la Crisálida”, que tarde o temprano también merece recopilarse en formato integral, al igual que otras muchas de sus joyas, como, entre otras, “Los Profesionales”. Por lo pronto, ahora podemos disfrutar de forma colosal de las 428 páginas que consta “Pepe edición Total”. Al cerrar el volumen, posiblemente invadan a quien lo haya leído las sensaciones agridulces que sugieren lo contado. Pero lo que prevalecerá es la sensación de lo grandes que son, en términos artísticos y eternos, Carlos Giménez y José González. Probablemente los habituales de aquella librería barcelonesa, situada en carrer Floridablanca, estén de enhorabuena.
