En el panorama actual de la fantasía infantil y juvenil, destacar con una primera obra es difícil, pero mantenerse con una segunda entrega es todo un reto. Muchos autores logran captar la atención con un debut brillante, pero luego se tambalean al intentar continuar la historia. Carlos Sánchez, sin embargo, no solo supera la prueba. La convierte en una aventura aún más emocionante. «Runas: El laberinto de obsidiana» («Rune:The Tale of the Obsidian Maze») es la segunda entrega de su trilogía fantástica y llega para consolidar un universo que ya nos enamoró a muchos lectores con «La historia de las mil caras«. Además, lo hace con más madurez narrativa, personajes en evolución y un mundo que se amplía como un mapa mágico que nunca deja de desplegarse.

La historia nos devuelve a Chiri y Dai, los valientes protagonistas que, tras derrotar al temible Rey de las Sombras, intentan adaptarse a su nueva vida en Pastel. Esa tierra mágica donde druidas, ogros, esqueletos y cabras con personalidad propia conviven en armonía. Pero la paz dura poco. Un nuevo peligro aparece en forma de invitación inquietante. Un mensaje que no es bien recibido pero que no queda más remedio que responder. Tienen que ir al laberinto de obsidiana y allí deberán enfrentarse al siniestro Caballero de la Noche. Una figura misteriosa que representa un desafío mayor que cualquier sombra anterior. Lo que parece una misión heroica se convierte en una travesía mucho más oscura y profunda, que pondrá a prueba no solo su valentía, sino también sus miedos más íntimos.
Uno de los grandes aciertos de este segundo volumen es que Carlos Sánchez no se repite. No se limita a reciclar fórmulas que funcionaron, sino que amplía el alcance tanto temático como emocional de la serie. En el primer volumen, uno de los temas principales era el bullying y la importancia de la comunicación no verbal. Aquí, sin abandonar del todo esas cuestiones, Sánchez se centra en otros temas igual de relevantes. La necesidad de que los niños demuestren su capacidad frente a los adultos, la valentía de enfrentarse a lo desconocido y el crecimiento interior que supone atravesar pruebas difíciles. La historia crece con sus personajes, y eso se siente en cada página.

Chiri sigue siendo una protagonista excepcional. Privada del habla, utiliza el lenguaje de signos para comunicarse, y esto no se presenta como un rasgo anecdótico ni como un simple gesto de inclusión, sino como un elemento narrativo fundamental. Sánchez logra integrar su discapacidad en la historia con naturalidad, inteligencia y sensibilidad. Esto no solo enriquece el relato, sino que también da visibilidad a formas de comunicación distintas sin paternalismo ni artificio.
Uno de los momentos más memorables del comic es la escena de los sueños múltiples. Chiri y Dai tienen cada uno un sueño que refleja sus miedos y deseos más profundos. Sánchez representa estas visiones con un uso del color absolutamente brillante, diferenciando claramente cada sueño y dotándolo de una atmósfera propia. Es una secuencia cargada de significado, que aporta profundidad a los personajes y demuestra la ambición de la obra. No es habitual encontrar este nivel de sutileza en un cómic infantil, y ahí radica una de las grandes virtudes de Runas. Trata a los jóvenes lectores con respeto e inteligencia, sin simplificar en exceso. Pero que nadie piense que El laberinto de obsidiana se vuelve solemne o demasiado introspectivo. Al contrario, es un cómic vibrante, lleno de acción, imaginación y humor. Sánchez nos regala laberintos que parecen tener vida propia, batallas con demonios atrapados en botellas, ogros gruñones, dragones majestuosos y personajes secundarios que podrían protagonizar sus propias historias. Boniato, la famosa cabra-almohada, vuelve a robar escenas con su peculiar carácter. Cada criatura, cada rincón de Pastel, está diseñado con una creatividad desbordante, que recuerda a universos como «Lightfall», pero con una personalidad propia cada vez más definida.

En el aspecto gráfico, el dibujo de Sánchez es aparentemente juvenil, con líneas suaves y colores vivos, pero esconde una enorme riqueza. Sabe cuándo acelerar la acción y cuándo detenerse para explorar un momento emocional. Sabe cómo mezclar elementos cómicos con otros más inquietantes sin que chirríen. El ejemplo perfecto es el demonio embotellado. Una figura que en un principio parece un recurso simpático, pero que termina teniendo un papel crucial en el desarrollo de la trama. Este equilibrio entre ligereza y peso dramático es difícil de lograr, y aquí se maneja con precisión.
Otro aspecto destacable es la ampliación del universo de Runas. Nuevos personajes y lugares se suman a la historia, y cada uno de ellos parece tener historia propia. Esta sensación de que es un mundo vivo, lleno de rincones por explorar. Eso es clave para que los lectores sintamos ese “sentido de la maravilla” tan característico de la buena fantasía. Uno termina el libro con la sensación de que ha viajado de verdad a otro lugar, y que todavía queda muchísimo por descubrir.

La edición de Harper Collins en su sello HarperKids está muy cuidada. Rústica con solapas, buen papel que realza el colorido de las ilustraciones y una traducción de Sonia Fernández Ordas que mantiene la frescura y el ritmo original. Al final, esta segunda parte de Runas no solo mantiene el nivel de la primera entrega, sino que lo eleva. Carlos Sánchez demuestra que tiene un plan claro para su serie, que sabe cómo desarrollar personajes, cómo sorprender y cómo conectar con los lectores más jóvenes sin subestimar su inteligencia. La historia avanza hacia territorios más oscuros y complejos, pero sin perder su encanto ni su sentido del humor. Por eso nos quedamos con ganas de saber que pasará en el siguiente capitulo de esta saga tan interesante.
