Hubo un tiempo en que el nombre del Capitán América parecía condenado a repetirse en un bucle de símbolos conocidos. El escudo, la Segunda Guerra Mundial o la moral incorruptible de Steve Rogers. Pero entre 2011 y 2012, Ed Brubaker y un equipo de autores brillantes tomaron esa mitología congelada en el tiempo y la transformaron en una epopeya moderna sobre memoria, traición, legado y la redención. Los cómics Captain America and Bucky #620–628, Captain America (vol. 6) #1–10 y Winter Soldier #1 al #5 que se incluyen en este tomo llamado Capitán América: Soñadores Americanos no son simplemente aventuras heroicas. Son un tapiz narrativo tejido con precisión quirúrgica por guionistas y dibujantes que entendieron que el mito del Capi necesitaba evolucionar para sobrevivir al siglo XXI. Brubaker venía de firmar una de las etapas más influyentes del personaje, incluyendo la resurrección magistral de Bucky Barnes como el Soldado de Invierno, y aquí, junto a Francesco Francavilla, Giuseppe Camuncoli, Steve McNiven, Chris Samnee, Marc Andreyko, James Asmus, Alan Davis o Butch Guice entre otros construye el epílogo perfecto de esa gran historia.

Todo empieza con una miniserie que mira hacia atrás para entender el presente. Coescrita por Ed Brubaker con Marc Andreyko y dibujada por Chris Samnee. Esta serie funciona como una especie de “flashback extendido” que desmonta la imagen idealizada de la edad de oro. No hay romanticismo barato. Hay barro, propaganda y muerte. Brubaker y Andreyko exploran cómo Steve Rogers y Bucky Barnes se convirtieron en símbolos y armas al mismo tiempo. Cómo su amistad fue forjada bajo la presión de una guerra real, no de un tebeo de aventuras. Samnee, con su estilo claro, expresivo y elegante, consigue un equilibrio perfecto entre nostalgia y crudeza. Sus páginas parecen sacadas de un álbum histórico, pero están llenas de detalles que revelan la humanidad de los personajes. Esta parte de la saga nos recuerda que Bucky no fue solo “el compañero adolescente”, sino un asesino entrenado en la sombra. Un niño convertido en herramienta militar. Es aquí donde Brubaker planta las semillas de la culpa y el trauma que definirán el camino posterior de Barnes. El cómic funciona como memoria viva. Una especie de confesión histórica que anticipa los conflictos futuros.
El segundo bloque de esta epopeya es el relanzamiento de Captain America en 2011, con Ed Brubaker como guionista y Steve McNiven como dibujante estrella. Aquí el tono cambia radicalmente. De la introspección histórica pasamos a la gran superproducción moderna. McNiven, famoso por su trabajo detallista y cinematográfico, ofrece unas páginas espectaculares en las que Steve Rogers vuelve a tomar el manto del barco. Brubaker aprovecha el reinicio para plantear un dilema central: ¿cómo puede un héroe nacido en otra época enfrentarse a un mundo que ya no cree en símbolos absolutos? Para explorar esta pregunta, recupera personajes del pasado como Bravo y construye una trama que mezcla conspiraciones contemporáneas con fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Las secuencias de acción dibujadas por McNiven son impresionantes, pero lo que realmente destaca es la tensión. Steve se enfrenta a enemigos que representan sus propios recuerdos deformados, su propia mitología reinterpretada con fines siniestros. Los primeros números son un festival visual y narrativo que combina el ritmo del thriller con la grandeza icónica del personaje. Cuando McNiven deja paso a Alan Davis en los números posteriores, la atmósfera cambia otra vez. El dibujante inglés aporta un estilo más luminoso y alegre que cambia radicalmente la lectura. El estilo de Davis aporta ese tono clásico de su dibujo que todos los que nos gusta este dibujante británico tanto apreciamos.

Por último, tenemos la miniserie del Soldado de Invierno. Donde Bucky se embarca en una misión para desmantelar los restos del programa soviético que lo convirtió en un asesino. Cada paso lo enfrenta a agentes durmientes, conspiraciones internacionales y, sobre todo, a su propio pasado. Brubaker escribe a Bucky como un antihéroe trágico. Un hombre que quiere redimirse, pero que no puede escapar de lo que fue. Aquí Butch Guice brilla en este contexto. Sus sombras, sus pinceladas sueltas, sus composiciones tensas convierten cada página en una mezcla perfecta de cómic de acción y thriller psicológico. Esta serie es, en muchos sentidos, el cierre natural de la gran saga que Brubaker había iniciado siete años antes. No hay fanfarria ni discursos heroicos. Hay dolor, redención y un personaje que finalmente se adueña de su destino.
La edición de Panini Comics continua en la línea integral de la etapa de Brubaker. Con la traducción de Gonzalo Quesada y Uriel López tenemos un total de 544 páginas que incluyen una introducción de David Aliaga y multitud de extras como las portadas alternativas realizadas por Oliver Coipel, Mark Bagley o Lee Bermejo entre otros. Así como dos textos escritos, uno por Kiel Phegley con una entrevista a Brubaker y el otro por Dugan Trodglen explicando la evolución del Soldado de Invierno y El Capitán América.

En conjunto, estos comics que se publicaron tanto en grapa como en la línea Marvel Deluxe hablan de transiciones. La transición de Steve Rogers hacia una nueva etapa en la que su legado debe reinterpretarse. La transformación de Bucky Barnes pasando de la culpa hacia la redención casi imposible. El cambio de un tipo de cómic superheroico clásico hacia un híbrido sofisticado de espionaje y drama moral. También hablan de la transición editorial de Marvel, que en esa época buscaba modernizar sus iconos sin perder su esencia. Brubaker y su equipo logran justo eso. Actualizar la leyenda sin traicionarla. Lo hacen con inteligencia, respeto y una ejecución impecable.
Estos cómics redefinieron al Capitán América y al Soldado de Invierno para toda una generación. Tomaron a dos personajes anclados en el pasado y los lanzaron al presente con historias maduras, emocionantes y llenas de matices. Mostraron que el heroísmo no es solo levantar un escudo ante el enemigo, sino enfrentarse a los propios fantasmas y al paso del tiempo. Brubaker y multitud de dibujantes no solo escribieron buenos cómics. Construyeron una auténtica saga moderna, una epopeya digna de ser recordada junto a las mejores etapas del personaje. Y en ese logro, cada autor tuvo un papel fundamental. Juntos, demostraron que las leyendas no se conservan repitiéndolas, sino reinventándolas con talento y valentía.
