20th Century Men: poder, ideologías y superhéroes

Sobrevolando campos en llamas

Imagina por un momento que la Guerra Fría nunca terminó del todo. Bajo los titulares de la caída del muro y las sonrisas de las cumbres diplomáticas, siguieron latiendo máquinas de guerra, sueños mesiánicos y hombres convencidos de que podían rediseñar el mundo a su imagen y semejanza. Imagina superhéroes no como símbolos de esperanza, sino como armas ideológicas, engranajes de estrategias globales y monstruos atrapados entre el deber y la propaganda. Ahora deja de imaginar, porque eso (exactamente eso) es lo que ofrece «20th Century Men». La monumental y explosiva miniserie escrita por Deniz Camp y dibujada por Stipan Morian, publicada en Estados Unidos por Image Comics y editada en España por Astiberri.

Este cómic no se anda con rodeos. Desde sus primeras páginas lanza al lector a un torbellino de geopolítica, ciencia ficción, utopías rotas y violencia devastadora. Es como abrir una enciclopedia y encontrarte con la guerra civil afgano-soviética en los años 80. Además de descubrir que entre las fechas y los mapas hay cyborgs soviéticos, superhombres americanos traumatizados y revoluciones que arden tanto en las calles como en los corazones. Camp y Morian han construido una epopeya alternativa que se atreve a mirar al siglo XX no como una sucesión de eventos cerrados, sino como un campo de batalla moral y tecnológico que aún reverbera hoy.

La premisa es aparentemente sencilla. Una historia alternativa del final del siglo XX, con superhéroes y tecnologías imposibles integradas en el tablero geopolítico real. Pero lo que hace Camp es mucho más ambicioso que eso. No construye un “universo de superhéroes” al uso, sino una ucronía política compleja en la que cada figura heroica encarna ideologías, fracasos nacionales y sueños rotos. Por un lado, tenemos a la URSS, que ha logrado crear a su propio campeón. Un gigante cibernético conocido como el Soldado de Hierro, mezcla de leyenda soviética, máquina de guerra y ruina emocional. Por otro, Estados Unidos exhibe a su héroe como si fuera la culminación de la excepcionalidad americana, un ser casi mítico que representa tanto la gloria de la nación como sus contradicciones más profundas. Y entre ambos surge un tercer foco de conflicto: Afganistán, ese polvorín histórico que aquí se convierte en el epicentro de una lucha ideológica, militar y espiritual.

La trama de este comic no es lineal ni complaciente. Deniz Camp escribe con la confianza de quien sabe que su lector puede seguirle el ritmo sin que le den la mano. Utiliza documentos ficticios, saltos temporales, perspectivas múltiples y narradores poco fiables para construir una estructura fragmentada que recuerda más a una crónica de guerra que a un cómic superheroico convencional. Cada capítulo es un engranaje distinto. Informes militares, discursos políticos, confesiones íntimas, propaganda y explosiones. Es un relato que exige atención activa, pero que recompensa con creces. Conforme encajan las piezas, se revela un fresco histórico monumental. Por eso, los personajes no son héroes de manual, sino figuras trágicas y profundamente humanas. El Soldado de Hierro es un titán oxidado, atrapado entre la ideología que lo creó y la humanidad que aún intenta conservar. El héroe americano es un mito viviente en decadencia, un veterano que carga sobre los hombros el peso de representar a toda una nación que ya no cree en sus propios cuentos de hadas. Y la líder afgana, quizás el personaje más poderoso emocionalmente, encarna la resistencia contra las imposiciones externas. Ni soviéticas ni estadounidenses, sino propias, nacidas de una lucha por la autodeterminación que aquí se pinta con una fuerza casi bíblica.

Si el guion es ambicioso, el arte de Stipan Morian es directamente apabullante. Cada página parece tallada en piedra, pintada con la urgencia de un mural de guerra. Morian cambia de estilos para reforzar la atmósfera. Colores apagados y fríos para la URSS, brillos artificiales para EE. UU., tonos terrosos y polvorientos para Afganistán. Sus escenas de acción tienen una forma de atraer poco común en el cómic actual. Cuando los titanes chocan, no parece que estés viendo una película de Hollywood, sino un terremoto histórico. Y cuando retrata la intimidad de los personajes, hay silencios, miradas y gestos que cuentan tanto como cualquier monólogo.

Uno de los logros más sorprendentes es que, pese a tratar con superhéroes y máquinas imposibles, nunca se aleja de la realidad. Cada conflicto, cada dilema moral, cada discurso sobre progreso o revolución tiene raíces en sucesos reales. Camp no está interesado en venderte fantasías escapistas. Está reinterpretando la historia reciente para mostrarnos lo que ocurre cuando mezclas poder ideológico, tecnología desbocada y fe ciega en discursos nacionalistas. El resultado no es un cuento de buenos contra malos, sino una tragedia moderna en la que todos los bandos creen ser los protagonistas y acaban siendo parte del mismo desastre.

La edición española de Astiberri es impecable. Reúne la serie completa en un solo tomo en cartoné, con una traducción de Óscar Palmer que capta perfectamente tanto la precisión política del guion como sus momentos de lirismo abrupto. El formato grande permite apreciar el detalle y la textura del arte de Morian, y los textos adicionales ayudan a contextualizar la complejidad de la obra. Además de incluir las portadas alternativas realizadas por Igor Kordey, Dan Panosian, Chris Brunner, Artyom Trakhanov, Stipan Morian y Aditya Bidikar. Así como portadas descartadas, bocetos y un epilogo realizado por el guionista.  

Cuando cierras el tomo y el silencio cae sobre tus manos, no solo has leído un cómic. Has sobrevivido a un siglo entero comprimido en 300 páginas. Las explosiones de hierro, el polvo de Afganistán, los discursos huecos de presidentes y las lágrimas de líderes revolucionarias se quedan grabadas en la retina, mezclándose con la sensación de que, en algún lugar del pasado, todo esto pudo haber sucedido exactamente así. Por eso, «20th Century Men» no es un simple relato. Es un espejo gigantesco y cruel que refleja la ambición, la estupidez y la grandeza del ser humano. Te recuerda que los héroes pueden ser monstruos, que los monstruos pueden ser héroes, y que la historia nunca es blanca ni negra, sino un mosaico de caos, errores y glorias que explotan como bombas de colores en la memoria. Es un cómic que sacude, deslumbra y, sobre todo, te deja con la certeza de que el siglo XX no termina nunca; simplemente cambia de manos y sigue luchando dentro de nosotros.

Si pudiera elegir, elegiría niños. Corriendo, despreocupadamente por un campo

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