Hay obras que nacen con la vocación de ser un experimento y terminan convirtiéndose en una piedra angular del mito superheroico. Hay personajes que aparecen como un destello fugaz, concebidos casi como un capricho editorial, y se elevan inmediatamente al rango de símbolo. Y luego está «El Vigía» («The Sentry»), el superhéroe que fue el más grande de todos y que nadie recuerda. Con esa paradoja comienza una de las historias más inquietantes, adultas y fascinantes jamás publicadas por Marvel. Una miniserie que unió el thriller psicológico con la tradición de los cómics de superhéroes y que, a día de hoy, sigue siendo tan deslumbrante como perturbadora. Este tomo vuelve a editarse ahora en la línea Must Have por parte de Panini Comics. No solo recopila los cinco números originales de la miniserie, sino que añade los one-shots posteriores con los héroes principales de la «casa de las ideas» y el enfrentamiento con El Vacío. También nos devuelve a un tiempo muy concreto de la historia del cómic norteamericano. El momento en el que Marvel, a punto de tocar fondo, apostó por el riesgo, por un tono más adulto y oscuro, y encontró en la línea Marvel Knights. Un renacimiento que salvaría su futuro.

Porque antes de hablar de Bob Reynolds y su dualidad monstruosa, hay que recordar que, sin ese cambio de rumbo editorial, probablemente hoy ni siquiera estaríamos hablando del Vigía. Los años noventa fueron para Marvel un cóctel envenenado de especulación, exceso gráfico, líneas editoriales confusas y un mercado en decadencia. La editorial estuvo literalmente al borde de la bancarrota, y la sensación general era que la “Casa de las Ideas” había perdido tanto las ideas como la casa. Fue entonces cuando apareció Marvel Knights, una iniciativa liderada por Joe Quesada y Jimmy Palmiotti, quienes propusieron algo revolucionario. Relanzar a personajes clásicos con un enfoque adulto, arriesgado, experimental, que conectara con un público que ya no eran niños, sino adolescentes y jóvenes adultos. La jugada salió bien. Miniseries como Pantera Negra, Daredevil, El Castigador o Los Inhumanos no solo fueron éxitos inmediatos, sino que demostraron que Marvel podía ser atrevida, oscura y sofisticada. Entre ellas, destacó especialmente Los Inhumanos de Paul Jenkins y Jae Lee. Una obra que sorprendió por su tono casi literario, por la madurez de su narrativa y por el arte inquietante de Lee. A partir de ese éxito, Jenkins propuso a Marvel un proyecto que llevaba tiempo madurando: El Vigía. Lo que en un principio sonaba a experimento extraño acabó convirtiéndose en uno de los mitos más poderosos que la editorial ha parido en las últimas décadas.
La premisa de El Vigía es tan sencilla como brillante: Bob Reynolds, un hombre de mediana edad, con problemas y adicciones, despierta una noche con la convicción de que en realidad es El Vigía, el mayor superhéroe que jamás haya existido. Un héroe todopoderoso que combatió junto a Spider-Man, Los Vengadores, Hulk, la Patrulla X y los 4 Fantásticos hasta que un día desapareció. Borrado por completo de la memoria de todos, incluido él mismo. De ahí que, la fuerza del relato resida en esa ambigüedad inicial. ¿es Bob Reynolds un loco delirante que ha inventado una fantasía de grandeza para escapar de su mediocridad, o es en verdad el salvador olvidado del universo? La trama de Jenkins nunca da respuestas fáciles, sino que juega con el lector, construyendo un thriller psicológico en el que la duda es constante. El personaje principal está atrapado entre la nostalgia de un pasado que tal vez no existió y el terror de un presente dominado por un enemigo implacable. El Vacío, un ente maligno que no es otra cosa que el reverso oscuro del propio Vigía. Este planteamiento convierte a la obra en una especie de tragedia moderna. El mayor héroe de todos es, al mismo tiempo, su mayor amenaza. El mito del salvador se transforma en el relato del enfermo mental, del adicto, del hombre roto que proyecta sus miedos en forma de monstruos cósmicos. Un cómic donde el superhéroe se convierte en metáfora de la depresión, la ansiedad y la lucha contra los propios demonios interiores. Algo poco visto hasta ese momento.

El guion de Jenkins habría sido potente por sí solo, pero lo que hace que este personaje sea apabullante es el arte de Jae Lee. Su estilo oscuro, expresionista, plagado de sombras, figuras alargadas y composiciones inquietantes, da al cómic un aire de pesadilla. Sus páginas no buscan la claridad de un cómic de superhéroes al uso, sino transmitir la sensación de que estamos dentro de una mente perturbada. Los héroes aparecen deformados, casi espectrales, y la amenaza de El Vacío se filtra en cada rincón de la viñeta. El color, a cargo de José Villarrubia, refuerza ese tono sombrío con paletas apagadas, frías, que convierten cada escena en un recuerdo difuso o en un mal sueño. El resultado es un cómic que se lee tanto como una historia como una experiencia sensorial, una inmersión en la locura de Bob Reynolds.
Por otro lado, uno de los grandes logros del comic fue su capacidad para jugar con la propia continuidad de Marvel. Tras la miniserie inicial de cinco números, Jenkins escribió varios one-shots en los que distintos héroes recordaban haber luchado junto a El Vigía en el pasado. Spider-Man narraba sus encuentros con él, Hulk lo recordaba como un rival digno, los X-Men compartían con él batallas olvidadas. Todo encajaba de una forma tan precisa que el lector comenzaba a dudar de sí mismo. Ese juego de “falsa memoria colectiva” es, probablemente, el truco más brillante de toda la obra. Jenkins consigue que dudemos: ¿realmente nunca existió este personaje? ¿Cómo puede sentirse tan integrado en la historia de Marvel? La lectura se convierte así en una experiencia metatextual donde el cómic mismo manipula nuestra memoria, del mismo modo que Bob Reynolds es manipulado por la suya. Si El Vigía funciona como thriller psicológico es en gran parte por la presencia de El Vacío, esa sombra monstruosa que encarna todo lo que Bob teme y reprime. No es solo un villano: es una metáfora brutal de la depresión, de la ansiedad, de la autodestrucción. El héroe más grande de todos lleva dentro el germen de la aniquilación, y su lucha contra El Vacío es, en realidad, una lucha contra sí mismo.

Este tomo tiene el enorme valor de reunir toda la obra en un único volumen. La miniserie inicial, los one-shots con Spider-Man, Hulk, los X-Men y los 4 Fantásticos, y el enfrentamiento final con El Vacío. Además, permite apreciar la variedad de estilos artísticos implicados. Desde el expresionismo de Jae Lee, pasando por la fuerza de Mark Texeira o el arte de Phil Winslade, hasta la experimentación de Bill Sienkiewicz o el trazo clásico de Rick Leonardi, lo que enriquece la lectura y refuerza la sensación de estar ante un proyecto coral. Casi una obra colectiva en torno a un mito recién nacido. El clímax de la saga, narrado en The Sentry vs The Void, no ofrece un cierre claro ni una victoria definitiva. Como ocurre en la vida real, la depresión y la enfermedad mental no se resuelven de manera sencilla. Jenkins rehúye la tentación del “final feliz” y nos deja con una herida abierta. Con la impresión de que Bob Reynolds seguirá siendo para siempre un campo de batalla entre la luz y la oscuridad. Esa honestidad brutal es, quizá, lo que hace que la obra haya resistido tan bien el paso del tiempo.
Al acabar su lectura, la sensación no es la de haber leído simplemente un cómic. Es la de haber atravesado una experiencia. Hemos visto cómo la memoria puede ser manipulada, cómo los héroes pueden ser tan frágiles como nosotros, cómo la depresión puede tomar forma de monstruo y cómo la grandeza puede esconderse tras la apariencia de un hombre roto. «El Vigía» es épico e íntimo, es luminoso y oscuro, es un canto al mito superheroico y al mismo tiempo su deconstrucción más brutal. Es, en definitiva, una de esas obras que nos recuerdan por qué seguimos leyendo cómics. Porque, de vez en cuando, aparece una historia que no solo entretiene, sino que nos sacude, nos incomoda y nos obliga a mirar dentro de nosotros mismos.
