Abrir el tomo quinto tomo de «Los Vengadores de Jason Aaron« es como lanzarse de cabeza a una piscina que no sabes si está llena de agua, de lava o de confeti, pero que sin duda promete un chapuzón inolvidable. Jason Aaron, ese guionista que lleva años demostrando que para él la épica superheroica no es un género sino un deporte extremo, nos ofrece aquí una de esas lecturas que se sienten más como un festival de fuegos artificiales que como un relato contenido y mesurado. El volumen recopila Heroes Reborn 1-7, Heroes Return y los números The Avengers 46-50, que ya de por sí suena a alineación de lujo para cualquier fan de Marvel. Y lo primero que hay que decir es que no es un tomo que quiera complacer con calma ni con pequeñas sutilezas: esto es un tren de alta velocidad con los frenos arrancados y con un maquinista que sonríe mientras toca la guitarra eléctrica.

La premisa inicial es tan sencilla como irresistible: un mundo donde los Vengadores nunca existieron. Nada de Tony Stark construyendo su armadura, nada de Steve Rogers despertando del hielo, nada de Thor convirtiéndose en dios digno de levantar su martillo, nada de Wakanda revelándose como potencia oculta. Lo que hay en su lugar es un planeta aparentemente protegido por el Escuadrón Supremo, esa especie de versión marvelita de la Liga de la Justicia que sirve tanto de homenaje como de parodia. Donde siempre aparece para recordarnos que el orden perfecto suele esconder grietas muy feas detrás de su fachada impecable. La idea no es nueva, pero Aaron la toma con tanto entusiasmo que consigue darle un aire fresco. El detalle divertido es que el único que parece notar la distorsión es Blade, el cazador de vampiros. Que además se convierte en testigo privilegiado del absurdo. Es él quien se da cuenta de que algo no encaja. Quien intenta recomponer las piezas de un mundo que ha olvidado a los verdaderos héroes, y su papel como narrador resulta tan carismático que casi roba la función entera.
Cada capítulo de Heroes Reborn explora un aspecto de este universo retorcido, mostrando cómo sería la vida con un Escuadrón Supremo reinando en lugar de los Vengadores. Desde ese momento es donde el tomo empieza a convertirse en un espectáculo visual, porque Marvel desplegó una batería de dibujantes que parecen haber sido convocados para un concurso de estilos. Ed McGuinness aporta su energía musculosa y caricaturesca, perfecta para la grandilocuencia superheroica del Escuadrón. James Stokoe convierte cada página en un festival psicodélico de detalle enfermizo que te obliga a detenerte a mirar las viñetas como si fueran cuadros. Federico Vicentini aporta dinamismo juvenil, R. M. Guéra ofrece un trazo áspero y polvoriento, Erica D’Urso añade frescura y Dale Keown, Aaron Kuder o Javier Garrón completan un plantel que es un auténtico caleidoscopio gráfico. El resultado es que cada número se siente distinto, con un tono propio, pero todos juntos construyen un mosaico que da coherencia al delirio de Aaron.

Lo interesante de este Heroes Reborn es cómo juega con la nostalgia y la comparación inevitable. El Escuadrón Supremo parece perfecto, sus victorias son limpias, sus gestos son nobles y sin embargo notamos que falta algo esencial. Porque los Vengadores no son perfectos, nunca lo fueron, y ahí está precisamente su fuerza. Son un grupo de egos enfrentados, de personalidades disfuncionales, de héroes que discuten más de lo que actúan, pero que al final del día logran lo que los demás no pueden: salvar el mundo con una mezcla de improvisación y coraje. El contraste entre la perfección artificial del Escuadrón y la caótica humanidad de los Vengadores es el verdadero corazón de este evento, y Aaron lo aprovecha para lanzar dardos a la propia esencia del cómic superheroico.
Cuando la historia llega a Heroes Return, el clímax se siente como un vaso de agua lanzado sobre una hoguera. El mundo alternativo estalla, la ilusión perfecta se resquebraja y los verdaderos Vengadores vuelven a reclamar su lugar. Es el momento en que todo el artificio se viene abajo y donde Aaron puede desplegar su afición por la épica desmesurada. El choque entre los Vengadores y el Escuadrón Supremo es tan brutal como prometido. El guionista no desaprovecha la ocasión para entregar escenas que parecen diseñadas para gritar “¡más grande, más fuerte, más espectacular!”. El regreso no solo cierra el círculo de la historia, sino que recuerda por qué los Vengadores son necesarios. Porque nadie más puede sostener sobre sus hombros un universo que tiende constantemente al caos.

Pero el tomo no se queda ahí, porque después de este festín todavía quedan los números 46-50 de Avengers, y aquí Aaron decide que no va a bajar el ritmo. Al contrario, parece duplicar la apuesta. Lo primero que tenemos es a Hulka convertida en una amenaza global. Transforma a la heroína en el centro de un conflicto político y moral que se siente extraño en medio de tanta épica cósmica. El uso que da a la querida Jennifer Walters es cuanto menos loco. La Sala Roja, muchas transformaciones y bastantes variantes mezclando conceptos pueden llegar a aturullar a cualquiera que no esté muy centrado en la lectura. Es como si Aaron hubiera decidido que después de Heroes Reborn no había razón para calmar las aguas, y en su lugar construye una tormenta aún más ruidosa. El número 50 de Avengers, incluido en este tomo, se siente como la culminación de todo este exceso. Es un cómic que no solo marca un hito en la numeración, sino que parece concebido como celebración del desmadre. Hay batallas, revelaciones, cameos, giros inesperados y esa sensación de que cada página podría ser un póster colgado en la pared de un adolescente que escucha heavy metal a todo volumen. Aaron junto a McGuinness, Kuder, Pacheco y Jarrón entienden a los Vengadores como mitologías vivientes, como piezas de un puzle cósmico en el que lo importante no es la coherencia sino la intensidad de la experiencia. Y aquí lo demuestran con creces. Por último, tenemos ese relato que apacigua las aguas con guion de Christopher Ruocchio y dibujo de Steve McNiven. Donde un martillo, Thor, un joven Arturo Pendragón y el Nido nos dan unas páginas espectaculares.
Ahora bien, no todo es perfecto, y sería injusto no señalarlo. Aaron tiene la tendencia de dejarse llevar por la acumulación de ideas. Como si escribiera con una libreta llena de notas que va lanzando al aire sin preguntarse demasiado si encajan entre sí. Hay momentos en los que la historia parece perder el rumbo, en los que el exceso se impone sobre la claridad. Pero lo curioso es que ese mismo exceso forma parte del atractivo del tomo. Leerlo es como ver una película de acción en la que el guionista decidió que cada escena debía ser más loca que la anterior, aunque eso suponga dejar a un lado la lógica. Si entras en el juego, el resultado es divertidísimo; si buscas mesura, este no es tu sitio. El desfile de artistas ayuda a mantener la frescura, pero cambiar de estilo gráfico puede parecer arriesgado, pero en este contexto funciona. Cada mirada aporta un matiz distinto al mundo enloquecido que Aaron plantea.

En su momento Panini Comics lo editó en grapa, luego en el Marvel Premiere y ahora lo tenemos en el Marvel Deluxe. Con Los Vengadores de Jason Aaron volvemos a disfrutar del exceso, del ruido y como este guionista juega con ello. Es un volumen que arranca con un mundo perfecto y falso para recordarnos que los héroes de verdad son los que dudan. Los que se equivocan. Los que discuten. Que sigue con una sucesión de aventuras que convierten la palabra “épica” en algo casi cotidiano. Jason Aaron escribe como si la única manera de contar historias de los Vengadores fuera con el volumen al máximo, y los dibujantes convocados se encargan de que esa sinfonía visual nunca pierda potencia. Y estas 416 páginas en todo su esplendor los demuestran.
