Hay cómics que envejecen con elegancia, como un buen vino, y otros que, además de envejecer bien, consiguen que te rías a carcajadas, aunque conozcas el chiste de memoria. «Astérix en Helvecia» pertenece a esta segunda categoría: un álbum que, pese a ser publicado en 1970, sigue tan fresco como el primer día. Igual que una fondue de queso que nunca se enfría, y que regresa en edición especial con 16 páginas. Es decir, una auténtica delicia para quienes crecimos con Astérix y Obélix, y también para las nuevas generaciones que descubren que los galos no solo repartían estopa a los romanos, sino que además hacían turismo internacional a base de tópicos exagerados.

Este álbum, el número dieciséis de la saga, es un ejemplo perfecto de lo que hacía grande a la dupla René Goscinny y Albert Uderzo. Con el uso de la sátira, el humor universal, un ritmo narrativo impecable y un dibujo que convierte cada página en un espectáculo, donde nos llevan a un gran viaje hacia los Alpes. Aquí tenemos una misión de vida o muerte. Conseguir una flor tan rara que parece inventada por un guionista de telenovela. Imprescindible para salvar a un romano envenenado. Aunque normalmente los romanos acaban recibiendo mamporros, aquí hay uno que consigue colarse en el bando de los “invitados honoríficos”. Y con eso, el álbum ya marca diferencias.
La historia arranca en Condate, donde Graco Ojoalvirus se ha montado un resort particular con orgías dignas de Silvio Berlusconi y un tren de vida que ni los influencers actuales. Se lo pasa bomba mientras roba del erario público y manda a Roma migajas disfrazadas de impuestos. El plan le funciona hasta que “La Ciudad Eterna” empieza a sospechar. Así que mandan a Claudius Sinusitus a investigar. Claro, este hombre es un cuestor, es decir, un inspector de Hacienda romano. Vamos, que era carne de cañón para que lo intentaran silenciar. Y así pasa: envenenado a la mínima, aunque con la suerte de pedir ayuda justo a la aldea de nuestros irreductibles galos. Aquí entra en escena Panorámix, que, tras un vistazo rápido, diagnostica que lo único que puede salvarlo es una estrella de plata, una famosa planta. Y aquí es donde los autores sacan su varita mágica. No lo vas a encontrar en el bosque detrás de la cabaña de Abraracúrcix, no; tienes que cruzar media Europa hasta las montañas helvéticas, un territorio neutral, limpio hasta la obsesión y lleno de relojes que marcan la hora exacta.

Si hay algo que encanta en los álbumes de viajes de Astérix es ver cómo nuestros héroes se enfrentan a culturas que no entienden y que, de paso, se ríen de sí mismos. Aquí, los dos galos llegan con su mochila de tópicos. El dueño de Ideáfix solo piensa en comer y nuestro irreductible de bigotes dorados intenta mantener el control. Pero claro, los helvecios no son precisamente un público fácil. En Ginebra, nuestros queridos galos descubren que la banca helvética ya era impenetrable en la Antigüedad, y que, si querías guardar algo en secreto, lo suyo era meterlo en una caja fuerte suiza. Goscinny aprovecha para clavar una sátira política y económica que, décadas después, sigue siendo de rabiosa actualidad. ¿Quién no ha oído hablar del secretismo de los bancos suizos? Pues ahí lo tenéis: convertido en chiste en plena BD de los 70. Por supuesto, no podía faltar el queso con agujeros. Uderzo lo dibuja con un cariño especial, casi como si fuera un personaje más. Obélix, que normalmente se devora los jabalíes como si fueran pipas, se enfrenta aquí al reto de un plato que no entiende. Porque claro, ¿cómo puedes comerte algo que está lleno de agujeros? Nadie entiende como puede gustarles tanto el queso en ese país.
Por otro lado, no se puede hablar de esta historia sin rendir homenaje a sus creadores. René Goscinny firma aquí uno de sus guiones más divertidos. Diálogos que funcionan como metralla cómica. Cada conversación está cargada de segundas intenciones, juegos de palabras y gags que se complementan a la perfección con el dibujo. Por otro lado, Albert Uderzo despliega todo su talento gráfico. Las montañas alpinas parecen postales turísticas, los quesos y fondues están dibujados con un amor culinario casi gastronómico. Así como la acción tiene un dinamismo que mantiene la tensión de principio a fin. Es uno de esos álbumes que puedes ojear sin leer y aun así disfrutar solo por la riqueza de sus imágenes.

La guinda la pone esta edición de Bruño Editorial/Salvat con sus 16 páginas de extras. Aquí encontramos bocetos originales, anotaciones de los autores, referencias históricas y culturales, e incluso algunos secretos de producción. Es un material que ilumina la genialidad del proceso creativo y que permite a los lectores entender mejor cómo se cocinaban estas aventuras. Lo que hoy llamaríamos “contenido adicional” o “making of”, pero con la calidez y el encanto del cómic clásico. En definitiva, «Astérix en Helvecia» es mucho más que un simple viaje al país del chocolate y los bancos. Es una aventura delirante donde Goscinny y Uderzo demuestran que podían convertir cualquier tópico nacional en un festival de humor y sátira atemporal. Con sus montañas imposibles, sus banquetes escrupulosamente limpios, sus quesos llenos de agujeros y un romano invitado a la cena final, este álbum brilla como una moneda de plata en medio del desierto. Es un clásico divertido hasta la última viñeta y capaz de recordarnos que, por mucho tiempo que pase, el humor sigue siendo la mejor poción mágica.
