Los Reyes Elfos: 25 años de alegrías

En los días en que los dioses aún caminaban entre los hombres y el viento del norte llevaba consigo presagios de muerte, hubo un reino condenado a desaparecer. No cayó por las armas de sus enemigos ni por la traición de sus aliados, sino por algo más inevitable: el paso del tiempo, la llegada de una nueva fe, la lenta agonía de lo sagrado. De aquel ocaso nacieron historias que los bardos cantaron al calor del fuego, y entre todas ellas una destaca, tejida con sangre, amor y destino: la saga de «Los Reyes Elfos«.

Víctor Santos no escribió simplemente un cómic. Levantó una epopeya oscura en la que héroes imperfectos se enfrentan a la certeza de la derrota, donde cada batalla pesa como una oración y cada gesto resuena como un eco en el vacío. Al cumplirse veinticinco años de aquella primera aparición, su obra regresa con una fuerza renovada, recordándonos que las grandes leyendas no mueren. Solamente duermen, esperando el momento de ser contadas otra vez.

En un tiempo en que el cómic español se debatía entre el costumbrismo, la sátira y la sombra omnipresente del superhéroe importado, Santos eligió el camino menos transitado: el de la épica fantástica. Pero no una épica derivada directamente de Tolkien ni un calco de las sagas anglosajonas que dominaban el mercado. Lo suyo fue un regreso a la raíz, a la mitología nórdica, a esa Europa que nunca existió pero que sentimos real. A una tierra helada, de vikingos y guerreros, de viejas razas que regresan de la oscuridad para reclamar lo suyo. En ese paisaje crepuscular emerge Ehren Heldentodsson, príncipe errante, rey a la fuerza, ejecutor de dioses. Un personaje que condensa la tragedia del héroe clásico y la vulnerabilidad del ser humano atrapado en su destino. Ehren no es un arquetipo intocable. No es un semidiós de nobleza inmaculada. Santos lo construye con contradicciones, con pasiones, con dudas y errores. Es un héroe que ama y que pierde, que carga sobre sus hombros una corona que nunca quiso, que se debate entre la obediencia a los dioses y su propio deseo de libertad. Su viaje, más que un simple relato de aventuras, es una meditación sobre el peso del deber, sobre el precio del poder y sobre la soledad que conlleva enfrentarse a un mundo que se derrumba.

Alrededor de Ehren se despliega un elenco inolvidable. Cada uno aporta sus luces y sus sombras, porque en Los Reyes Elfos nada es plano, nada es meramente funcional. Víctor Santos demuestra desde sus primeras páginas que entiende la importancia del personaje por encima del arquetipo. Así, incluso en medio de un contexto mitológico, los protagonistas se sienten humanos, cercanos, imperfectos. Esa humanidad es lo que hace que sus luchas, ya sean en el campo de batalla o en la intimidad de sus decisiones, retumben todavía hoy con tanta fuerza. La nueva edición permite apreciar con claridad lo que en su momento podía parecer disperso. Lo que antes eran relatos fragmentados, historias auto conclusivas que orbitaban en torno a Ehren y su destino, ahora se lee como una sinfonía oscura. Un río narrativo que fluye con coherencia hasta desembocar en un final devastador y revelador. La reordenación cronológica y la revisión del propio autor hacen que cada pieza encaje en un mosaico mayor, revelando la ambición de una saga que siempre fue más que la suma de sus partes.

El apartado gráfico, visto desde la perspectiva actual, es fascinante. Santos trabajaba entonces en un blanco y negro poderoso, cargado de contrastes. Donde cada sombra parecía esconder un secreto y cada blanco destellaba como la nieve bajo el sol. Las influencias de otros autores estaban muy claras, pero no ocultan la personalidad de un trazo que ya buscaba su propia voz. El dinamismo, la expresividad, la capacidad para congelar el movimiento en viñetas cargadas de tensión, estaban allí desde el principio. Es cierto que la irregularidad de un autor joven se deja ver en algunos momentos, pero eso no resta, sino que suma. Leer este integral es también asistir al nacimiento de un estilo que, con los años, alcanzaría la madurez y el reconocimiento internacional en obras como «Polar» o «Elixir«.

Lo más sorprendente de este cómic, leído hoy, es su vigencia. No ha perdido fuerza porque nunca dependió de la moda ni de la repetición de fórmulas. Su centro es la universalidad del relato: El fin de una era, el choque entre lo antiguo y lo nuevo, la pérdida de los dioses y de las certezas que sustentaban el mundo. Es una elegía disfrazada de saga fantástica, un lamento por los pueblos que se extinguen, por los héroes que deben aprender a perder, por las historias que se apagan sin remedio. Y, al mismo tiempo, es un canto de resistencia, porque en ese ocaso los personajes luchan hasta el último aliento, sabiendo que no vencerán, pero convencidos de que la dignidad está en no rendirse.

La nostalgia que sentimos al leer esta obra no es solo la de quienes la descubrimos hace 25 años. Es también la nostalgia del propio Santos, que ha revisado su creación con la mirada del adulto que observa las pasiones del joven que fue. En sus notas y en su reestructuración se percibe la voluntad de honrar lo que hizo entonces, pero también de darle el pulido que solo la experiencia permite. El resultado es una edición que no se limita a recopilar, sino que restaura, embellece y ofrece al lector la posibilidad de vivir la saga con toda su intensidad. Dolmen Editorial, además, acompaña la obra con extras que hacen del volumen un verdadero objeto de colección: prólogo del autor, cronología, bocetos, portadas originales, ilustraciones. Todo ello refuerza la sensación de estar ante un clásico rescatado con cariño, no como un simple producto comercial, sino como una pieza de memoria cultural.

Al cerrar el tomo, uno no siente que haya terminado simplemente un cómic. Siente que ha atravesado una saga. Que ha compartido el peso del destino con Ehren, que ha visto morir y renacer mundos. Que ha acompañado a personajes que ya no olvidará. Eso es lo que hace grandes a las historias. Nos cambian un poco, que se quedan con nosotros incluso después de haber pasado la última página. Por eso, más que una reedición es una celebración. Celebración de un autor que se atrevió a soñar en grande cuando apenas estaba empezando. Celebración de un cómic que rompió moldes y abrió caminos. Celebración de la fantasía como vehículo para hablar de lo más humano. Un cuarto de siglo después, este comic llamado «Los Reyes Elfos» nos recuerda que la épica verdadera no está en las victorias fáciles, sino en la dignidad de luchar aun sabiendo que se puede perder. Esa es la razón por la que seguimos leyendo sus páginas con el mismo temblor con el que se escuchan las viejas canciones que nunca mueren.

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