Dolores y Lolo 4: fin de fiesta. El broche final

«Dolores y Lolo: Fin de fiesta» no es un cómic. Es el último temazo de la verbena. Ese donde ya no quedan hielos, pero aún bailas como si fueras Beyoncé con un esguince. Mamen Moreu se despide de su saga como se merece. Con risas, drama mínimo, poliamor enloquecido y unas abuelas que deberían estar en Los Vengadores como mínimo. Porque, seamos claros, si Dolores y sus amigas no tienen ya una estatua en alguna plaza de España, es que el Ministerio de Cultura no está haciendo su trabajo. Aquí hemos tenido siete años de tiras que han mezclado sexo, política, precariedad y punk muy anciano en un cóctel que ni el camarero más drogado de Ibiza se atrevería a servir. Y ahora, llega el fin. Pero tranquilos, este fin de fiesta no es un funeral, es un botellón con mariachis.

Lo primero que hay que dejar claro es que Dolores y Lolo nunca fue un cómic cualquiera. Nació en las páginas de «El Jueves» como esa sección que pillabas entre dos artículos absurdos y que acababa siendo lo que más recordabas de la revista. Eran tiras semanales que no te pedían compromiso, pero que semana tras semana acababan convirtiéndose en una especie de reality show. El truco de Moreu estaba en la naturalidad. Lo que podía parecer una locura total en viñetas se sentía cercano porque reflejaba una sociedad que ya estaba ahí, pero pocas veces la veíamos en un cómic mainstream.

Con este cuarto tomo llega el momento de recoger los bártulos. Y claro, cuando llevas siete años de tira semanal, no puedes apagar la luz de golpe. De hecho, cuando El Jueves pasó a mensual y la serie se cayó de la revista, nos quedamos con esa sensación de haber estado en un fiestón que de repente se interrumpe porque los vecinos llaman a la policía. No hubo despedida real, solo un “bueno, hasta aquí hemos llegado”. Y precisamente por eso, este tebeo funciona como ese bis que todos pedíamos a gritos. Un cierre con extras, páginas inéditas y una colección de ilustraciones de colegas de Moreu que hacen que el tomo se lea como un gran álbum de recuerdos firmado por toda la pandilla.

Pero vamos al meollo, porque lo que importa aquí no es solo la despedida. Lolo, que ya venía enredada en el poliamor como quien colecciona figuritas de Funko Pop. Se mete de lleno en una relación a tres con su novio Alberto y Zoe. Una chica que le hace ver unicornios y volar sin alas. La teoría del poliamor dice que todo es diálogo, respeto y honestidad. Pero la práctica, como muestran estas páginas es más bien un Tetris con piezas que no encajan nunca. Entre escenas de celos, momentos tiernos y risas incómodas, Moreu demuestra que sabe exprimir la comedia del caos afectivo como nadie.

A la par, tenemos el embarazo de Mar y Cris, que viene a ser la otra gran trama de este tomo. Aquí la serie se vuelve tierna sin perder el gamberrismo, porque ser madre no significa dejar de ser salvaje. Solo implica que ahora además de resacas hay pañales. Dolores, como buena abuela revolucionaria, se encuentra en medio de todos estos cambios como quien intenta ver una película en Netflix mientras el wifi se corta cada cinco minutos. Con paciencia, pero con cara de “a mí no me líes”. Lo mejor es que, pese a todos estos movimientos, las despedidas no son traumáticas. No hay peleas sangrientas ni rupturas de culebrón. Dolores y Lolo simplemente se separan porque la vida sigue.

La guinda de este pastel enloquecido la ponen las 11 páginas inéditas para dar un cierre digno. Es aquí donde Moreu se despide de verdad. Con una cadencia natural, como quien te acompaña hasta la puerta de la discoteca y te dice “anda, tira pa casa, que ya está bien de desmadre”. Porque esas páginas extra no son el único regalo. Incluso esa última página como homenaje a cierta aldea gala es una maravilla. El tomo se convierte en una especie de homenaje coral, con ilustraciones de artistas como Xulia Pisón, Bernardo Vergara, David López, Álvaro Ortiz, Pedro Vera, Javier de Isusi, Genie Espinosa, Cristina Durán, Julio Serrano, Mauro Entrialgo, Albert Monteys, Jan, Raquel Gu o David Aja en modo sublime que se saca de la manga un pin up que hace que quieras tatuártelo en el muslo. El desfile de invitados es tan bestia que parece una gala de los Eisner.

Astiberri, por su parte, ha hecho una edición impecable: Rústica con solapas, 112 páginas a todo color. Con esos extras que son oro puro. Además del contenido inédito, las ilustraciones de los artistas invitados son el equivalente a ese momento en que todos tus amigos se juntan para firmarte la camiseta en la graduación. Una despedida por la puerta grande, sin medias tintas. Por todo esto, «Dolores y Lolo: Fin de fiesta» es un cierre espectacular a una serie que ha marcado a toda una generación de lectores de humor gráfico. Es loco, es divertido, es reivindicativo, es tierno y, sobre todo, es inolvidable. Mamen Moreu no solo cierra un ciclo. Monta una última verbena en la que todos estamos invitados. Y aunque duele despedirse, hay algo reconfortante en saber que las risas que nos hemos echado con estas señoras quedarán para siempre en papel. Porque lo importante no es que la fiesta se acabe, sino haber estado en ella.

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