
En ocasiones, los mejores relatos no son aquellos que nos sorprenden con historias imposibles. Sino los que logran que veamos reflejada en ellos una realidad demasiado cercana, demasiado verosímil, como para sentirnos cómodos al pasar la última página. «Café Calor«, el tebeo de Bernat Bauzá, pertenece a esta estirpe. Un relato breve pero cargado de densidad. Donde se utiliza la investigación de un incendio como puerta de entrada a un universo donde la corrupción es la norma y la justicia, una ilusión frágil.
El argumento se presenta con una sencillez engañosa: un bar, el Café Calor, arde en llamas en medio de una ciudad turística aparentemente próspera. David, un joven policía recién llegado al destino, empieza a sospechar que aquel incendio no es tan accidental como parece. A partir de ahí, lo que podría haber sido un mero caso policial se transforma en una indagación moral y social. David no solo persigue a un culpable. Se adentra en los intestinos de la ciudad, descubriendo que bajo el barniz del turismo y la economía local late una red de drogas, prostitución y sobornos que parece impregnarlo todo.

Lo interesante del cómic es que Bauzá evita los clichés de la novela negra más manida. Aquí no hay detectives cínicos con frases lapidarias ni villanos caricaturescos. Lo que encontramos es un realismo áspero. Un policía joven, con convicciones, que pronto choca contra el muro de la realidad. Los poderosos controlan, los pobres son explotados y cualquier intento de salirse del papel asignado se paga caro. Ese retrato de la sociedad, donde la línea entre “orden” y “delito” se difumina hasta desaparecer, resulta inquietantemente familiar para cualquier lector que observe cómo funcionan ciertas estructuras en la vida real.
El gran acierto de este comic está en su tono. Bauzá construye una atmósfera sofocante, como si la propia ciudad respirara sobre el lector. El color, lejos de ser decorativo, se convierte en una herramienta. Predominan los tonos apagados, terrosos y ocres que transmiten calor, suciedad y opresión. El incendio inicial no es solo un recurso argumental, sino un símbolo. La llama que ilumina lo que nadie quiere ver. En cada página se percibe esa tensión entre lo visible y lo oculto, entre lo que la ciudad muestra al visitante y lo que realmente esconde.

En cuanto a la trama, Bauzá opta por la economía de medios. No hay exceso de texto ni explicaciones redundantes. Los diálogos son secos, realistas, con silencios que dicen tanto o más que las palabras. Ese minimalismo refuerza la sensación de realismo, porque la vida cotidiana rara vez se explica a sí misma. El lector, como el propio protagonista, debe aprender a leer entre líneas, a interpretar las miradas y las insinuaciones. Lo que comienza como una trama policial termina siendo un dilema ético: ¿hasta dónde puede llegar un hombre honrado en su lucha por la justicia sin perderse a sí mismo? Esa es la pregunta que sobrevuela toda la obra, y la que la convierte en algo más que un simple thriller. Café Calor no ofrece respuestas fáciles ni finales edulcorados. En su lugar, propone un espejo incómodo en el que el lector debe reconocerse. Estamos ante un autor con una voz propia, capaz de combinar una mirada crítica con un pulso narrativo firme. No es sencillo condensar una historia tan cargada de subtexto en apenas medio centenar de páginas, pero Bauzá lo logra con solvencia, sin dejar sensación de vacío ni de precipitación. Cada viñeta cuenta, cada escena empuja hacia adelante.
La edición de Dolmen Editorial acompaña bien la propuesta. No necesita artificios. La sobriedad del formato refuerza la crudeza de lo narrado. El papel responde bien a la paleta cromática apagada y contribuye a esa experiencia de lectura densa pero fluida. Son 56 páginas que pueden leerse en una tarde, pero deja un eco que perdura mucho más. Por todo eso, «Café Calor» es un cómic que destaca por su verosimilitud y su capacidad de incomodar. No busca reinventar el género policial, sino utilizarlo como herramienta para hablar de temas mucho más universales: el poder, la corrupción, la fragilidad de la justicia y los sacrificios que exige mantenerse fiel a uno mismo. Una obra breve pero afilada, que demuestra que a veces no hacen falta grandes sagas ni centenares de páginas para dejar huella.
