
“Vamos a suponer que toda la parte de turbo fue un sueño de Resines y que arrancamos desde el final de la saga de Bubú. Han pasado unos años y Sosón Goku se ha retirado al campo a trabajar”
Cuando Nacho Fernández anunció que volvía a Dragon Fall, más de uno nos pusimos nerviosos, como Vegetal cuando le dicen que alguien ha superado su poder. Porque claro, todos teníamos en la cabeza esas parodias legendarias de los 90. Un festival de burradas que hacía que «Bola de Dragón» pareciera una serie seria de Shakespeare. Y la pregunta era: ¿se puede repetir la jugada hoy, en un mundo lleno de memes, redes sociales, referencias infinitas y con Akira Toriyama en el cielo de las leyendas? La respuesta corta es sí. Además, se puede hacer con el doble de mala leche y el triple de carcajadas.
«Dragon Fall Returns» no es solo una vuelta. Es un regreso en modo Super Saiyajin. Nacho coge la saga de La batalla de los dioses. La famosa introducción de «Dragon Ball Super«, y la convierte en un festival de disparates donde nada ni nadie está a salvo. Ni Goku (perdón, Sosón Goku), ni Vegeta (perdón, Vegetal), ni Chichi (Chicha en estas páginas). Ni el pobre Bills (en este caso Bilis), que en lugar de ser un dios de la destrucción parece el gato de tu vecina después de comer hierba gatera adulterada. Uno de los puntazos es que Nacho no se limita a repetir las bromas de antaño. Ahora se ríe de todo lo que se le pone por delante, desde los criptobros hasta el ataque de los titanes. Pasando por cameos imposibles como la América Chávez de Marvel, que aparece perdida como si hubiera entrado por error en el manga equivocado. Y lo mejor es que no se siente forzado. Son esos guiños que pillas al vuelo, que te hacen decir “¡anda, mira quién ha venido a la fiesta!” mientras piensas que este cómic no es tanto un homenaje a Dragon Ball como un homenaje a la cultura pop pasada por el filtro del humor gamberro.

La saga de Bills, que en la versión oficial era un “oh, llega un dios que puede destruir universos con un bostezo”, aquí se convierte en la visita de un gato cabrón que se apunta a tu cumpleaños solo para criticar la tarta. El pobre diosecillo parece menos un ser cósmico que un vecino envidioso. Quiere diversión, busca pelea, y si no le invitan al sarao, amenaza con reventar la Tierra. Eso sí, en manos de Nacho, el gato da más risa que miedo. Cada escena con él y Whis (o como se le conoce en esta historia: Whisky) se convierte en un sketch cómico que parece sacado de un dúo cómico español. Uno es el tranquilo, otro es el cascarrabias, y luego está Sosón, el imbécil que lo estropea todo. El gran chiste es ese viaje al futuro viendo la versión alternativa y poderosa de Goku. En la saga original, se trataba de algo místico, épico, una transformación que implicaba rituales y la unión de varios saiyans. Aquí, en cambio, es más bien un descojone colectivo. Para empezar, nadie se toma en serio. Aquí las transformaciones que vimos en su momento de Kakarotto llegan a tal nivel que no puedes más que reírte de las salvajadas que se hicieron en su momento.
Por otro lado, la magia de los combates es maravillosa. En Dragon Ball son épicos, interminables y con explosiones cada dos páginas. En Dragon Fall son como peleas de borrachos a la salida de un bar. Sosón lanza un ataque más cercano a un loco que a un super guerrero. Bilis usa una frase muy conocida por todos los que manejan un ordenador. Al final acaban reventando medio planeta porque nadie sabe lo que está haciendo. La violencia existe, claro, pero está narrada con tanto humor cafre que más que tensión lo que provoca son carcajadas.

El dibujo de Nacho Fernández es otro de los grandes ganchos. Su estilo caricaturesco exagera al máximo todo. Los músculos parecen globos hinchados, las expresiones faciales son puro meme. Las peleas tienen un dinamismo que, en lugar de imponerte respeto, te arranca risas. Es la mezcla perfecta entre homenaje y cachondeo. Reconoces a los personajes. Reconoces las escenas, pero todo está tan deformado, tan pasado de vueltas, que parece un fanzine hecho con esteroides y buen humor. Además, hay un puntazo meta que Nacho maneja como pocos. Los personajes son conscientes de que están en una parodia. Incluido el propio Nacho, junto con el cocreador de la saga, Álvaro López. América Chávez pregunta de vez en cuando si el guion se está improvisando. Se queja de que si sabe lo que se está creando para ordenar el universo. Vamos un complot perfecto para que cualquiera que pase por estas paginas no se aburra en ningún momento. Algo que nunca falta en esta historia es el humor bestia. Ese que te hace reír y pensar “no debería estarme riendo de esto, pero me estoy descojonando”. Chistes guarros, insultos creativos, referencias sexuales veladas (y otras no tan veladas), y un espíritu macarra que recuerda que Dragon Fall nunca fue para niños, sino para adolescentes con ganas de reírse de todo lo sagrado.
La edición de Dolmen en sí también merece mención. En blanco y negro, buen papel, todo bien cuidado. Pero lo importante es que se nota que Nacho ha vuelto con ganas. No es un producto hecho por nostalgia o para buscar dinero fácil. Es un regreso con fuerza, con ideas, con el humor actualizado a los tiempos de hoy. Porque claro, en los 90 los chistes iban de personajes clásicos. Hoy, Nacho mete criptomonedas, a esos genios de la tierra plana, referencias a Marvel, y hasta bromas sobre esas cancelaciones tan recurrentes en las redes. Además, lo hace sin que chirríe. Porque la clave siempre fue el caos controlado. En este regreso también se nota el eco de otros autores que han jugado con el espíritu paródico a su manera. Enrique V. Vegas, con sus versiones cabezonas y entrañables. Ricardo Peregrina, con el estilo deslenguado de «HERMi & MAX» y Norberto Fernández, más crudo y afilado. Cada uno dibuja “su propio Dragon Fall” a su estilo. Pero todos beben del mismo cachondeo que Nacho desata aquí. Como otro extra, nos encontramos con una entrevista al autor y dios todopoderoso de este universo explicando los dimes y diretes que implica una obra como esta.

Al final, estas 112 páginas de «Dragon Fall Returns» no son un simple homenaje. No son un refrito. No son un intento de revivir glorias pasadas. Es un tebeo gamberro, bestia, fresco y divertidísimo, que demuestra que la parodia sigue viva y coleando. Siempre tenemos que recordar que reírse de «Bola de Dragón» no es pecado. Es un entrenamiento avanzado para el cachondeo eterno. Así que dale una oportunidad a este tebeo. Ríete como un crío con ataques de hipo y, sobre todo, prepárate para la conclusión más inconclusa de todas. Porque si algo hemos aprendido es que el mundo no necesita más batallas universales, sino más tebeos que nos devuelvan las carcajadas que casi nos sacan las lágrimas. Y mientras eso ocurra, yo seguiré aquí, esperando mi dosis, como un yonki de las risas… ¡con la camiseta rota y el grito de onda vital cargado en la garganta!
“Control, Alt, Suprimir”
