Peppino Impastato. La sátira contra la mafia: Decisiones que matan

Hay historias que llegan tarde, demasiado tarde para cambiar el destino de quienes las protagonizan, pero no para sacudir la conciencia de quienes las escuchan. «Peppino Impastato. La sátira contra la mafia«(«Peppino Impastato. Un giullare contro la mafia»), de Marco Rizzo y Lelio Bonaccorso, es una de esas historias. Habla de un joven siciliano nacido en un entorno asfixiante de códigos mafiosos y lealtades familiares viciadas, que eligió la rebelión como único camino posible. Y lo hizo con las armas menos convencionales y más peligrosas para la Cosa Nostra: la risa, la burla y la manifestación independiente.

Giuseppe “Peppino” Impastato no era un héroe clásico. No llevaba capa ni máscara, pero sí una lengua afilada como una navaja. Creció en Cinisi, provincia de Palermo, donde el aire estaba saturado de silencio, miedo y complicidad. Su padre, Luigi Impastato, estaba vinculado a la mafia local; el clan Badalamenti manejaba los hilos del poder como si el pueblo fuese un tablero de ajedrez. Peppino, desde adolescente, comprendió que no quería ser un peón más. El cómic abre con una fuerza casi cinematográfica: viñetas de calles polvorientas, rostros tensos, miradas esquivas. Lelio Bonaccorso recrea así la Sicilia de los años 60 y 70 con un trazo expresivo que mezcla realismo y un leve tono caricaturesco, perfecto para subrayar el elemento satírico de la historia. Aquí no hay romanticismo sobre la mafia ni los paisajes de postal logran suavizar la podredumbre moral que impregna la atmósfera.

Marco Rizzo, por su parte, opta por un guion directo, sin ornamentos, casi documental en algunos momentos. Nos muestra al joven Peppino cuestionando las prácticas de su familia, creando Radio Aut como altavoz de denuncia, y usando el sarcasmo como un proyectil contra los poderosos. «Mafiópolis», la bautizó él, y cada programa era un acto de insumisión. Se reía de los capos, los ridiculizaba en público, les arrebataba la imagen de omnipotencia que tanto cultivaban. Pero el lector pronto percibe el precio de esa valentía. La tensión familiar es una cuerda que se tensa hasta romperse. La violencia acecha en cada esquina, silenciosa y brutal. Y en la noche del 8 de mayo de 1978, Peppino paga con su vida: una carga de explosivos en la vía del tren, un crimen disfrazado de suicidio por las instituciones que durante décadas negaron la verdad.

Artísticamente, el trabajo de Bonaccorso es notable. Sus viñetas transmiten la energía caótica de los programas de Radio Aut, la tensión de las asambleas, la opresión de vivir bajo la sombra de la mafia. Los colores terrosos, apagados, a veces salpicados de rojos intensos refuerzan el tono sombrío de la trama. Y, sin embargo, hay espacio para la ternura: las escenas de Peppino con sus compañeros activistas, los momentos en que la risa se convierte en un acto de resistencia.

Por otra parte, la estructura del cómic es peculiar. Tras la historia ilustrada, de apenas 70 páginas, se incluye una sección con textos críticos escritos por Lirio Abbate, Marco Rizzo, y Francesco Barilli. que te sitúan perfectamente en los eventos que sucedieron en el tebeo. Junto a ellos, una entrevista realizada por Stefania Brusca al hermano de Peppino, Giovanni Impastato. Es un añadido valioso que aporta contexto y permite al lector comprender la magnitud del legado de Peppino. Sin embargo, también es aquí donde surge una de las debilidades de la obra: la parte gráfica se siente breve, casi esbozada. Momentos clave de la vida del activista aparecen de forma fragmentaria, y uno tiene la sensación de que el relato pide más páginas para respirar, para desarrollar a fondo los conflictos, las alianzas y las pequeñas victorias que hicieron de Peppino un símbolo.

La edición en castellano de Liana Editorial, además, tiene un valor añadido. Marta Tutone, la editora, siciliana como Peppino, aporta una traducción cuidada y una sensibilidad especial hacia los matices culturales. Su implicación personal se nota y convierte esta publicación en un pequeño acto de justicia poética: llevar la voz de Peppino más allá de las fronteras italianas. Además de ofrecernos una introducción explicando quien es el personaje y porque no se escuchó su nombre en el mundo a menos que fueras italiano. Ahora bien, no es un libro perfecto. Quienes se acerquen a él esperando una biografía exhaustiva podrían quedarse con ganas de más. Es cierto que la obra apunta los hechos esenciales, la infancia en Cinisi, la fundación de Radio Aut, la denuncia de los negocios turbios, el asesinato, el lento proceso judicial que acabaría señalando a Badalamenti como responsable, pero lo hace con la premura de quien sabe que el tiempo es limitado.

Quizá sea inevitable en el formato del tebeo, pero uno no puede evitar pensar que la figura de este hombre merece un relato más amplio, más denso, capaz de profundizar en sus dilemas y contradicciones. Aun así, «Peppino Impastato. La sátira contra la mafia» funciona como puerta de entrada a su historia y figura. Es un cómic necesario porque rescata del olvido a un hombre que desafió al monstruo desde sus mismas entrañas. En tiempos en los que la libertad de expresión y el periodismo de investigación vuelven a estar amenazados en muchos rincones del mundo, la voz de nuestro protagonista se escucha con una vigencia inquietante. Las preguntas que flotan en el aire al cerrar el libro son incómodas: ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿Tendríamos el coraje de enfrentarnos a nuestros propios extorsionadores? ¿Seríamos capaces de usar la palabra, la risa, la verdad, sabiendo que pueden costarnos la vida? Peppino no era un mártir, ni buscaba la heroicidad. Era un joven con sueños, miedos y contradicciones, que decidió no callarse. Su historia no puede devolverle la vida, pero puede evitar que su muerte sea en vano. Este cómic es un recordatorio de que, a veces, incluso un micrófono y un chiste pueden ser armas más poderosas que un ejército. Porque, como decía Peppino, la mafia es una montaña de mierda. Y hay que decirlo una y otra vez, hasta que no quede nadie que la defienda.

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