Juez Dredd: Un mundo mejor. Cazando al contable

En Mega-City Uno hay muchas maneras de morir: de hambre, de radiación, de aburrimiento extremo en la cola del centro de racionamiento. Pero hay algo mucho peor: intentar cambiar las cosas. De eso va «Juez Dredd: Un Mundo Mejor«, la historia en la que la contabilidad se convierte en terrorismo ideológico, los informes de presupuesto en armas de destrucción masiva que van a provocar que el mismísimo Dredd se vea obligado a preguntarse si está al lado correcto de la historia. Porque sí, la heroína de este cómic no es una juez con una moto molona ni un cyborg vengador. Es la Juez Maitland, jefa de contabilidad del Departamento de Justicia. Una mujer que, tras años de ver cómo el 99% del presupuesto se va en más armas, más cárceles y más represión, se hace la pregunta más subversiva que se ha hecho en Mega-City Uno desde “¿y si los jueces se quitaran el casco?”: ¿y si gastamos el dinero en educación, cultura y servicios sociales en vez de tanques con megacañones? En cualquier otro sitio, esta idea sería lógica. En Mega-City Uno, es una declaración de guerra.

Se podría decir que aquí empieza la fiesta. Maitland propone su experimento: durante un año, un sector de la ciudad será un oasis de humanidad, un laboratorio de justicia real. Y lo mejor: funciona. El crimen baja, la gente vive mejor, los chavales dejan de unirse a bandas para apuntarse a cursos de programación y los abuelitos ya no tienen miedo de salir de casa a por pan sintético. Pero claro, en un mundo distópico como este, que algo funcione es lo más peligroso que puede pasar. Y ahí es donde la maquinaria de Mega-City Uno enseña los dientes: jueces cabreados, políticos corruptos, medios de comunicación desatados y una legión de trolls mediáticos dispuestos a dinamitar la idea antes de que se extienda. Porque un mundo mejor, en esta historia, es el peor enemigo de quienes se alimentan del miedo. Y aquí está el gran dilema: ¿qué hace Dredd? El hombre que es la ley, el tipo que lleva décadas repartiendo justicia con la sutileza de un martillo neumático. Pues hace lo impensable: escucha. Porque hasta él ve que Maitland tiene razón. Que su idea no es solo buena, sino inevitable. Y eso le destroza el casco por dentro. Y lo mejor es que no lo convierte en un osito de peluche ni en un revolucionario de pancarta. Sigue siendo Dredd: seco, implacable, con la voz grave y la moral de acero. Pero por primera vez en mucho tiempo, ese acero se dobla un poco. Y para un personaje como él, es un terremoto.

El guion de Rob Williams y Arthur Wyatt es brutal, en el mejor sentido. Es un cómic que se atreve a hablar de lo que pasa en nuestras noticias, no en un futuro inventado. Privatización de la justicia, populismo, medios de comunicación que fabrican odio… Todo eso está aquí, disfrazado de ciencia ficción, pero tan real que casi da miedo. Y todo, ojo, sin perder el ADN de Dredd: acción, persecuciones, choques de fuerzas, explosiones. Porque aquí hay tiros, claro, pero cada disparo significa algo. Cada viñeta tiene peso y eso siempre es agradable cuando pasas las páginas de cada historia.

¿Qué decir del arte? Henry Flint lidera el equipo artístico con ese estilo que parece grabado a fuego en la retina. Sus páginas son pura energía: caóticas cuando toca, detalladas hasta el delirio cuando la historia lo pide. Boo Cook aporta su toque más expresivo, más orgánico, mientras Jake Lynch da un acabado sólido y contundente. El resultado: un cómic que respira distopía, que huele a óxido, sudor y asfalto ardiendo. Por otro lado, el color no está ahí de adorno. Hay una guerra simbólica en la paleta: azules y grises fríos para la maquinaria del Estado, amarillos y rojos cálidos para los espacios que Maitland intenta salvar. Hasta los tonos te cuentan la historia.

En sí mismo, éste no es solo un cómic de Dredd. Es un cómic sobre nosotros. Sobre lo que pasa cuando un sistema está tan podrido que incluso una buena idea parece peligrosa. Sobre lo difícil que es cambiar algo cuando hay demasiados intereses queriendo que nada cambie. Sobre cómo los que más gritan “orden” son los primeros en sembrar el caos para mantener su poder. Y sí, sobre una mujer que demuestra que la revolución puede empezar con un Excel. Lo que hace esta historia tan bestia es que no da respuestas fáciles. No es un cuento de hadas en el que Maitland triunfa y todos bailan bajo un arco iris. Aquí todo cuesta. Cada victoria viene con heridas. Cada pequeño paso hacia adelante despierta un ejército de enemigos. Porque, seamos honestos: en Mega-City Uno, soñar con un mundo mejor es casi un crimen. ¿Y Dredd? Dredd está ahí, como un muro con piernas, viendo cómo ese sueño se choca con la realidad, y por primera vez, quizá, deseando que el muro tenga una grieta.

La edición de Dolmen Editorial, con traducción de Alberto Díaz, es impecable. Engloba los números 2200-2203, 2250-2255, 2303, 2364-2372 de «2000AD» e incluye un prólogo de Barsen Sánchez que contextualiza la historia con las protestas sobre el asesinato de George Floyd, lo cual añade una capa extra de lectura: el cómic no solo es entretenimiento, es una reacción, un comentario, un grito. Y ojo: esto no significa que nuestro juez haya perdido su filo. Al contrario. Este tebeo no suaviza al personaje: lo afila. Le da un nuevo ángulo, más complejo, más humano, sin quitarle su esencia. Porque Dredd sigue siendo la ley. Solo que ahora, por primera vez, se pregunta si esa ley sirve para algo más que para aplastar. Así que aquí estamos, con un cómic que no solo entretiene: incomoda, provoca, hace pensar. Que te lanza una pregunta que no puedes esquivar: ¿Es demasiado tarde para construir un mundo mejor? Quizá la respuesta esté en estas 144 páginas. O quizá esté en nosotros. Lo que está claro es que, después de leerlo, ya no verás al Juez Dredd, ni a su mundo, de la misma manera.

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