
Barbarella no camina, flota. Flota sobre las viñetas como si la gravedad fuese un concepto obsoleto, como si en 1962 Jean-Claude Forest hubiera decidido que la ciencia ficción no necesitaba cohetes ni motores de antimateria, sino cuerpos libres, mentes despiertas y una pizca de descaro erótico. En un mundo donde los tebeos todavía olían a aventuras para niños y a moralidad bien planchada, Forest le abrió la puerta a la sensualidad, la política y la imaginación sin frenos. Y esta mujer, con su mono ajustado que a menudo no dura ni tres páginas, se convirtió en la primera heroína del cómic francés para adultos, aunque sería injusto reducirla solo a eso. Porque Barbarella no es un producto cualquiera de su época. No es solo una curiosidad pop ni un cómic erótico disfrazado de ciencia ficción. Es un manifiesto vitalista disfrazado de space opera, una «Alicia en el país de las estrellas» con pistola láser, sonrisa cómplice y un corazón pacifista que late con fuerza en cada página.
Entre 1962 y 1968, Forest dibujó y escribió dos álbumes donde el surrealismo, el absurdo y la belleza se daban la mano para crear un universo donde las ciudades se esconden dentro de medusas gigantes, los ángeles ciegos guían a la heroína por laberintos infinitos y los dictadores provocan rebeliones para matar el aburrimiento. En este cosmos, Barbarella nunca duda: ayuda a los débiles, seduce a quien quiere, se enfrenta a la injusticia con una mezcla de empatía y descaro, y siempre se mantiene fiel a una ética propia. Además de todo esto, hay algo profundamente revolucionario. Ella no es la típica heroína-florero de los años sesenta. No es la damisela que espera ser rescatada ni la eterna novia del héroe. Es protagonista, sujeto, motor de su propia historia. Decide, actúa, se acuesta con quien quiere y cuando quiere, porque le da la gana y no porque un guion la convierta en un premio para el héroe masculino de turno. En tiempos donde Flash Gordon solo tenía ojos para Dale Arden y Tarzán salvaba a Jane de peligros exóticos, Barbarella estaba en otra liga: era un personaje femenino con fuerza, un símbolo de la libertad sexual de los sesenta y, sin pretenderlo, un icono feminista que sesenta años después sigue seduciendo a lectores de todas las edades.

Es imposible leerla hoy y no pensar en lo ingenuamente transgresor que resultaba verla desnuda o ligera de ropa en las viñetas, en cómo ese erotismo casi tierno pudo provocar que la censura francesa prohibiera la venta del álbum a menores y su exhibición en escaparates de las tiendas. Se llegó a justificar la medida como medida que no indujera a error en una compra. Como si la ingenuidad de los adultos fuera más peligrosa que la curiosidad de los niños. En realidad, aquel veto no hizo sino oficializar algo que hasta entonces era casi impensable: la existencia de un cómic adulto en Francia, un cómic que no escondía su carga erótica pero que también estaba cargado de poesía, humor y crítica social.
Jean-Claude Forest tampoco pretendía hacer historia. Era un autor prolífico que saltaba de las portadas de novelas pulp a las revistas ilustradas para sobrevivir. Cobraba tan poco por cada trabajo que no se negaba a nada: ilustraciones, historietas, portadas… hasta que un día su editor de «V Magazine» le propuso crear una heroína espacial. En lugar de mirar hacia la jungla y copiar el arquetipo de siempre, Forest levantó la vista hacia las estrellas y encontró allí la inspiración para un personaje femenino que no necesitara a nadie para ser la protagonista de su propia aventura. Así nació Barbarella: una aventurera que, despechada por un hombre, decide abandonar la Tierra en busca de emociones y mundos nuevos. Lo fascinante es que, aunque sus primeras aventuras podrían recordar a los cómics románticos de la época, Barbarella pronto revela su verdadera esencia: un espíritu libre que disfruta de su cuerpo como quiere, que seduce a quien le apetece y que, a lo largo de sus peripecias, se enfrenta a mundos ajenos, a dictadores que torturan y a matones que abusan de su poder… y siempre buscando la vía pacífica antes de recurrir a la violencia. Aunque no duda en empuñar un arma cuando no queda otro remedio, lo suyo es la diplomacia, la empatía y la resistencia inteligente.

En lo gráfico, el dibujo de Forest acompaña esa joven rebeldía con un trazo ágil, sensual y dinámico. Aunque sus primeras páginas muestran cierto titubeo, pronto se asienta en un estilo que mezcla lo ligero con lo poético. Sus composiciones juegan con el blanco y negro de manera casi musical, dejando que la mirada del lector se deslice de una viñeta a otra como quien recorre un sueño. Los cuerpos, las naves, las criaturas y las ciudades flotan en un espacio gráfico donde lo surrealista y lo fantástico se abrazan sin complejos. Pocas obras logran mantener ese frescor, esa capacidad de maravillar, sin parecer reliquias polvorientas y siempre con ese tono erótico que nunca cae en lo vulgar.
Esta nueva edición de Dolmen en 2025, con traducción de Lorenzo Díaz, no es solo un rescate: es un acto de justicia histórica. Por fin, más de seis décadas después de su aparición en Francia, Barbarella llega a España en una edición en rústica con portada nueva y un arsenal de extras que contextualizan la obra y su relevancia. Los textos adicionales escritos por Ángel de la Calle, Jesús Palacios y Javier Rodríguez, las ilustraciones y los materiales originales permiten al lector entender por qué esta obra es un hito en la historia del cómic europeo y universal. Es cierto que los bitonos originales se han perdido, pero el blanco y negro de Forest sigue conservando toda su energía y encanto.

Leer las 184 páginas de «Barbarella» hoy es como subirse a una vieja nave espacial con los motores encendidos y sin un plan de vuelo claro: es dejarse llevar por una heroína que no necesita permiso para ser quien es, por un autor que dibuja como si cada página fuera una explosión de ideas y por un universo donde la belleza y el absurdo conviven con la crítica social. Es un recordatorio de que el cómic puede ser atrevido, poético, político y tremendamente divertido. Porque ella, inspirada en la figura de Brigitte Bardot y hecha carne en el cine por Jane Fonda, no solo hizo historia. Sino que hoy puede seguir proponiendo, con una sonrisa traviesa y un voluptuoso gesto, que otro mundo más libre, más sensual y más poético es posible. Quizá por eso nunca antes un cómic de ciencia ficción había sido tan carnalmente humano.
