
“La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”
En un cementerio de Nador, las lápidas son breves. Una fecha. Un número. Una cruz o una media luna. Nada más. Son señales mudas que cubren cuerpos sin identidad. Personas inmigrantes de África que soñaron con un futuro en Europa y encontraron una fosa. Cientos, quizás miles. Sin nombre, sin historia, sin justicia. Este tebeo se erige como un grito contra ese olvido, un puñetazo de tinta en el corazón del viejo continente. Pero no es solo una crónica de la vergüenza. Es una resurrección. Es arte que llora. Es periodismo con alma. Es un comic de luto, pero también de amor. Sergio Illescas, periodista, viajó hasta Melilla para escuchar lo que tantos no quieren oír: las voces de los que sobrevivieron a la masacre del 24 de junio de 2022, cuando más de 2.000 personas intentaron cruzar la valla y al menos 27 murieron en lo que las ONG llaman, sin ambages, «una emboscada«. De ese horror brota esta obra. Un viaje de dos años junto al ilustrador Mario-Paul Martínez, para arrancar del anonimato a cinco de aquellos muertos. Para decir: no son números. Son vidas. Son alguien. Son «Los Nadie«.
El cómic es un canto dividido en dos registros. El relato general, en blanco y negro, está ilustrado con sobriedad y belleza por Mario-Paul Martínez. Su trazo firme pero contenido, su uso expresivo de los silencios, los gestos y las miradas, configuran una atmósfera cargada de dignidad. Las páginas no gritan, susurran. Martínez no necesita caer en el morbo ni en la grandilocuencia. Sabe que en una viñeta en la que alguien calla hay más verdad que en mil titulares. Su arte es el de la contención, el respeto, la cercanía. No muestra solo el drama, muestra el compromiso. Y lo logra sin violencia visceral, con una trama fluida, potente y profundamente humana.

Pero esta novela gráfica se eleva cuando rompe el blanco y negro. Entonces, las páginas estallan en color. Y ahí entran cinco voces, cinco ilustradores que insuflan alma a los caídos. Cada uno de ellos aporta un universo visual diferente, una identidad estética que no solo complementa el relato, sino que lo transforma, lo convierte en homenaje, en ofrenda, en ritual de duelo y de memoria. Eusebio Nsue Nsue Asue, desde Guinea Ecuatorial, dibuja con una fuerza que recuerda te lleva al paso fronterizo de una patada. Sus trazos mezclan tradición y dolor, como si cada línea llevara grabada una herida histórica. En sus páginas uno siente el eco de generaciones desplazadas. Hay orgullo, pero también fragilidad. Sus colores no decoran: sangran. Por otro lado, Zainab Fasiki, desde Marruecos, da vida a Hanin, un joven cuya sonrisa, dicen, iluminaba el campamento. Su trazo, firme y elegante, hereda la tradición del cómic social, pero lo lleva más allá. Fasiki, rompe tabúes y ofrece un retrato íntimo, sutil, profundamente humano. Sus páginas son un susurro lleno de ternura, una forma de decir: “Hanin no era un número. Era un chico apuesto, generoso, con sueños y familia”. Y como siempre se evidencia que hay personas que valen mucho menos que otras y que su sufrimiento no importa más allá del paso fronterizo.
Shiroug Idris, desde Sudán, imprime a su capítulo un lirismo rabioso. Su trabajo es desgarrador. Las figuras parecen quebrarse, estirarse, alargarse en busca de una frontera inalcanzable. Idris canaliza la desesperación con una expresividad gestual que hace que cada rostro parezca estar a punto de gritar. Y siempre te preguntas como en pocas paginas podemos ponernos en la piel de ese primo que nadie sabe dónde está. Seguimos con Gabriel Castillo, desde República Dominicana, aporta una mirada melancólica, casi poética. Su estilo pictórico, delicado, navega entre la nostalgia y la brutalidad. En sus viñetas el desierto no es solo un escenario: es un personaje más, testigo de tantas muertes. Sus colores de tierra chocan con la crudeza del contenido y logran una paradoja conmovedora: la belleza como lenguaje del duelo. Y una frase que se queda en la memoria: “estamos enterrando a un familiar y nos tratan como a criminales”. Y finalmente Frank Xarate, desde Colombia, construye un universo vibrante que equilibra espiritualidad y denuncia. Sus ilustraciones muy esquemáticas y limitadas en cuanto al dibujo remiten a lo ancestral. Sus personajes parecen caminar entre mundos, entre la vida y la muerte, entre la historia y el mito. Xarate introduce elementos visuales que nos recuerdan que la migración no es solo un fenómeno político: es un rito de paso, una travesía sagrada, un sacrificio que demasiadas veces termina en tragedia. Cada uno de estos cinco artistas no solo dibuja, sino que traduce. Traducen el dolor en forma. El sufrimiento en belleza. La invisibilidad en arte. En conjunto, lo convierten en un mausoleo dibujado, en un altar para los que no tuvieron tumba con nombre. Porque aquí, por fin, tienen rostro, cuerpo e historia.

El trabajo de Illescas y Martínez es también el de la escucha. No hay arrogancia en su enfoque. No hay discurso paternalista ni esteticismo vacío. Lo que hay es humildad periodística, curiosidad ética y una necesidad urgente de justicia. Hablaron con supervivientes, con hermanos, con amigos. Recuperaron historias que estaban enterradas bajo el polvo de la indiferencia. Y con la ayuda de estos cinco dibujantes, las transformaron en relatos inmortales. Los Nadie duele. Y debe doler. No es un cómic de evasión. Es una lectura incómoda, difícil, a ratos insoportable. Pero es también un acto de amor. Un intento de sanar, aunque sea un poco, esa herida obscena que Europa ha decidido ignorar. Aquí no hay héroes ni finales felices. Hay humanidad. Hay niños que rieron antes de morir. Hay madres que esperaban una llamada que nunca llegó. Hay manos que se agarraron a la valla por última vez. Y eso, en tiempos de discursos deshumanizantes y políticas fronterizas inhumanas, es revolucionario.
Editado por Dolmen Editorial, «Los nadie» no te deja igual. Lo lees y algo se rompe. Y está bien que se rompa. Porque para construir una sociedad más justa, hay que desmontar los muros del olvido. Uno por uno. Viñeta a viñeta. Página a página. Tumba a tumba. «Los Nadie» es un tributo y a la vez una denuncia. Es una lágrima dibujada con la precisión del bisturí y el respeto de quien sabe que no se está contando ficción, sino vidas reales que el mundo prefirió ignorar. Son 176 páginas muy necesarias porque recordar a los muertos no es un acto de nostalgia. Es un deber. Y aquí, gracias al arte y al periodismo, es también un acto de justicia.
“¿Creéis que nos van a parar unas concertinas o una valla, por muy alta que sea?. Muerte solamente hay una y no tenemos miedo. Lo tenemos claro. No nos queda otra. Siempre que haga falta, volveremos a saltar”.
