
¡Agarra tu brújula, ponte el pañuelo pirata y haz espacio en la estantería, porque Cabezones del Caribe de Enrique V. Vegas es el tipo de tesoro que ningún corsario en su sano juicio dejaría enterrado! Aquí no venimos a leer pasivamente, no señor: este cómic se aborda como un galeón enemigo, con alegría homicida y carcajada en ristre. Lo que empezó allá por 2007 como una parodia muy cachonda de Piratas del Caribe ha acabado convertido en una locura total con más de 150 páginas de aventuras, humor desquiciado y cameos salidos del multiverso más pirado de la cultura pop. Vegas no solo rescata su primera entrega (agotadísima, venerada, buscada como si fuera el Santo Grial), sino que añade 120 páginas nuevas en esta edición de Dolmen para reescribir las reglas del abordaje y llevarnos a un tour por TODA la saga de películas… pero pasada por el filtro cabezón. Es decir, todo mejora.
Desde la primera viñeta queda claro que el Capitán Esparrow ( un Johnny Depp muy cabezón) no necesita presentación: con sus ojillos socarrones, su melenilla al viento y su andar de pato mareado, es el Jack Sparrow que merecemos y el que realmente podríamos pagar si Disney quebrara. Pero Vegas no se limita a imitar: lo de este autor es desmenuzar la mitología del personaje hasta encontrar lo esencial… y convertirlo en un chiste eterno. Y no uno cualquiera, sino uno con patada voladora de Bruce Lee, barba tentacular de Davy Jones y mirada más certera que Orlando Bloom con un arco en la mano.

Este integral es un festín de referencias, un bufé libre de homenajes, parodias y amor por los cómics y el cine más dispares. Aquí hay chistes que harían llorar de alegría a Jack Kirby y cameos que harían a Tarantino romper la cuarta pared con una reverencia. Cabezones del Caribe no es solo una parodia de las cinco películas piratas más mainstream de los últimos tiempos: es un chiringuito humorístico donde Vegas sirve mojitos con ron de los Goonies, hielo de Batman y con la compañía de Aquaman (el de Jason Momoa) De repente, un abordaje pirata se convierte en una pelea entre la marina Real Británica y Luffy de One Piece, y tú, como lector, no puedes hacer otra cosa que rendirte y seguir leyendo con la risa desencajada.
Visualmente, el cómic es puro Vegas: blanco y negro expresivo, personajes con cabezas gigantes y miradas que lo dicen todo (aunque lo que digan no tenga ningún sentido). La expresividad de las viñetas es tal que cada movimiento de espada, cada mueca, cada caída estúpida, parece coreografiada por un Bugs Bunny con entrenamiento ninja. No se trata solo de dibujar bien: se trata de que cada página sea un gag visual, un festival de detalles ocultos, un “¡espera, espera, eso no puede ser…!” que se repite constantemente porque, efectivamente, lo es: sí, ahí está Cary Elwes en su papel de pirata en la Princesa Prometida. Sí, ese que aparece en el fondo es Mickey Mouse. Sí, ese barril tiene ojos y está discutiendo con un loro. Todo eso y más está en estas páginas.

Pero no nos confundamos: debajo de tanta tontería hay oficio del bueno. Este autor afincado en Santander estructura su historia con ritmo cinematográfico, maneja el humor como un espadachín de los buenos y sabe cuándo frenar para hacer un chiste… o para soltar una reflexión absurda que, por algún motivo, tiene más sentido que muchas tramas de Hollywood. Lo más loco es que este integral no pierde fuelle. Empieza como parodia, evoluciona hacia homenaje salvaje, y acaba siendo una reinterpretación tan personal del mito pirata que no puedes sino pensar: “ojalá esto fuera una serie de animación”. Porque sí, Cabezones del Caribe podría ser perfectamente el mejor spin-off de Piratas del Caribe que Disney jamás se atrevió a producir: más libre, más burro, más lleno de cameos y con más espíritu de aventura que todas las secuelas oficiales juntas. Vegas consigue algo muy difícil: que cada entrega nueva se sienta como una fiesta, no como una repetición.
Y es que este tomo es muchas cosas: un cómic de piratas, una comedia absurda, una celebración de lo friki, una parodia que acaba siendo un homenaje y un homenaje que se ríe de sí mismo. Pero, sobre todo, es una carta de amor al lector que ha crecido entre películas, cómics y videojuegos, que entiende que la risa es la mejor forma de aventura, y que sabe que una cabeza gigante no te hace menos héroe… solo más visible. Así que, si aún no te has lanzado al abordaje, no lo dudes: súbete a este barco, deja que Enrique Vegas te lleve por mares imposibles, y ríete con ganas. Porque entre tanto mundo loco, tantos políticos fuera de sí y tanto entretenimiento sin alma, «Cabezones del Caribe» es el recordatorio de que la aventura la de verdad (la que recuerdas) siempre llega con una carcajada en la proa y un dibujo cabezón al timón.
