Perro de Estroncio Volumen 4. Relatos inéditos

Hay una parte de mí que ya no siente nada cuando veo mundos arrasados, cadáveres levantándose de sus tumbas o mutantes lanzando rayos de energía por los ojos. Esa parte de mí murió justo después de leer «Retrato de un Mutante», ese puñetazo emocional que cerró el volumen 3 de Perro de Estroncio. Lo que no logró matar la melancolía, lo rematan los guionistas Wagner y Grant con una tonelada de pólvora, sarcasmo y alienígenas con más tentáculos que sentido común. El volumen 4 de Perro de Estroncio es, en el mejor de los sentidos, un acto de salvajismo editorial. Aquí no hay compasión, ni redención, ni lógica narrativa burguesa. Solo hay contratos de caza recompensas, persecuciones interplanetarias y una sucesión de aventuras donde el concepto de “moral” se guarda en un cajón junto con las uñas postizas y los cadáveres putrefactos.

En este cuarto tomo de la serie editado por Dolmen nos llega un combo mortal de historias fundamentales que incluyen los números 224 al 233, del 335 al 345, así como del 350 al 359 y las anuales del año 1983 y 1984 de 2000AD. Escritas por el insuperable tándem John Wagner y Alan Grant, con la colaboración de Chris Lowder, y dibujadas con una personalidad brutal por Carlos Ezquerra y Robin Smith. El resultado: un cóctel salvaje de plomo, sudor, mutación y mala leche. Un testamento no solo del personaje, sino de una de las etapas más gloriosas del cómic británico.

¿Y qué encontramos en estas páginas? Pues pura dinamita. Empezamos con “El Asunto Gronk” (The Gronk Affair), donde Johnny y Wulf viajan al hogar de los adorables y sensibles Gronks en busca de justicia, solo para descubrir que la verdadera trampa no siempre está en el campo de batalla, sino en las relaciones, la compasión, y el dolor de la pérdida. Luego nos llega “El Caso de Kid Rodilla”(The Kid-Knee Caper), que suena como una broma de mal gusto y lo es… hasta que explota en una orgía de violencia y mutaciones incontrolables. Porque aquí cada historia arranca como un chiste, pero siempre te acaba pegando en la boca del estómago. Y después llega “El Incidente Moses” (The Moses Incident), una de las joyas negras del volumen. Una historia que empieza como una caza rutinaria y se transforma en una tragedia existencial de dimensiones galácticas. Aquí, Wagner y Grant bajan la temperatura de los blasters para subir la de la tensión emocional. Johnny se enfrenta no solo a monstruos, sino al sinsentido mismo del universo. No hay gloria. No hay redención. Solo un viaje cada vez más oscuro hacia la inevitable soledad del cazador. Le siguen “La Matanza” (The Killing) , una masacre de gladiadores estilo Battle Royale intergaláctico que es pura sátira salvaje del entretenimiento ultraviolento, y “En La Perrera” (In the Doghouse), donde conocemos mejor los engranajes podridos de la burocracia mutante y ese infierno administrativo que convierte a los Perros de Estroncio en números en una hoja de excel del apocalipsis. Wagner y Grant, con el filo de sus plumas, desarman la estructura de la opresión y la ridiculizan sin piedad. Las últimas historias llamadas ”Incidente al final del más allá” (Incident at the Back o’Beyond) y “El Encargo de Iraldi” (The Iraldi Job) rematan el volumen con una mezcla brutal de aventura, desesperación y western puro. Aquí ya no estamos leyendo cómics: estamos cabalgando a través del espacio con Johnny y Wulf, escopetas en mano, persiguiendo a criminales que ni el infierno quiere recibir. Y todo mientras la sombra del pasado mutante (el verdadero monstruo de esta saga) se cierne sobre cada planeta, cada trabajo, cada traición.

El volumen también funciona como un tributo silencioso a la era dorada de 2000 AD, esa revista que durante décadas escupió futuros incómodos y distopías punk con una sonrisa torcida. Lo que diferencia estos tebeos de otras sagas futuristas no es solo su acción implacable o su humor cáustico. Es la tristeza que lo empapa todo. La melancolía mutante. Johnny Alpha no es un superhéroe. Es un paria armado, un ángel vengador nacido en la basura radiactiva del siglo XXI. Y eso lo hace infinitamente más humano que muchos personajes con capa y antifaz. Es un símbolo del desecho que se niega a desaparecer sin pelear. Y cada historia aquí te lo grita en la cara: el universo te odia, pero tú puedes odiarlo más fuerte.

Hay algo en estas páginas que sigue latiendo con fuerza, algo que no se apaga con el paso del tiempo ni con la evolución del cómic. Volver a «Perro de Estroncio« no es solo revisitar aventuras mutantes en el espacio; es reencontrarse con una forma de contar historias que ya casi no existe. Cruda, directa, sin filtros ni concesiones. Un recordatorio de que el cómic puede ser arte, entretenimiento y manifiesto al mismo tiempo. Estas historias, estos personajes, este universo de polvo estelar y desesperanza siguen siendo necesarios. Y cada relectura revela algo nuevo: un matiz en la mirada de Johnny, una sombra en los fondos de Ezquerra, una línea afilada de Wagner y Grant que antes pasó desapercibida. Así que sí: vuelve a estas páginas. No por nostalgia, sino porque siguen hablando de lo que somos y lo que podríamos ser. Porque mientras Johnny Alpha siga cazando en papel, todavía hay esperanza para el cómic rebelde, sucio, mutante y con alma.

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