
Hay libros que enseñan. Hay otros que te obligan a desaprender. Y luego está «¡Que valiente eres!: 8 historias de capacitismo cotidiano» (“Che brava che sei! 8 storie di abilismo quotidiano”), de Elena Paolini y María Chiara Paolini junto con Claudia Flandolini, que hace ambas cosas al mismo tiempo. Porque este cómic no solo habla de discapacidad. Habla de capacitismo, un sistema de opresión que está tan normalizado que ni siquiera muchos de nosotros no sabemos ni nombrarlo.
El capacitismo es ese prejuicio social silencioso que da por sentado que las personas sin discapacidad son superiores. Es el conjunto de estereotipos, barreras arquitectónicas, burocráticas, médicas, culturales y simbólicas que colocan a las personas con discapacidad en una posición de desventaja estructural. Pero no es solo una palabra: es un marco para entender cómo funciona la exclusión en la vida real. Y es también el gran protagonista (o mejor dicho, el gran villano) de este cómic de ocho capítulos demoledores.

El tebeo presenta ocho situaciones distintas de la vida cotidiana, todas ellas protagonizadas por mujeres con discapacidad. No hay heroínas inspiradoras ni víctimas trágicas. Hay personas reales enfrentándose a la vida actual: el de la universidad que no tiene rampas, el del médico que infantiliza, el del desconocido que toca sin permiso, el de la amiga que felicita por “atreverse a bailar”. Cada historia es una escena que muchas personas lectoras sin discapacidad reconocerán desde el otro lado del espejo. Porque lo que las autoras hacen con una maestría impresionante es invertir la mirada: no se trata de observar a la persona discapacitada, sino de examinar cómo la sociedad la observa.
Este libro no es cómodo. Y no quiere serlo. Las viñetas incomodan, no porque sean violentas, sino porque son verdaderas, reconocibles, dolorosamente normales. Y esa normalidad es precisamente el problema. El capacitismo se cuela en los detalles: en el ascensor que no existe, en el trámite que exige presencia física, en la silla de ruedas que no cabe en el baño, en la condescendencia disfrazada de halago, en esos probadores que no tienen el tamaño adecuado. Todo esto lo muestran las Paolini con una claridad que enseña sin sermonear, con humor y con firmeza. Es una auténtica pedagogía del malestar: te hace ver lo que antes no veías, te obliga a revisar tus propios comportamientos, tus comentarios bienintencionados, tus silencios.

Uno de las cosas más interesantes del cómic es como aborda el capacitismo interiorizado. Esa forma de opresión en la que la persona con discapacidad ha asumido que es inferior a los demás y cree que “molesta”, que “pide demasiado” o que “debería agradecer siempre”. Este concepto es central para entender cómo la discriminación no solo es externa, sino que puede vivir dentro de la propia subjetividad. La lucha, entonces, no es solo contra el entorno, sino también contra la culpa, la vergüenza y el silenciamiento que han sido impuestos históricamente. Pocas obras lo abordan con tanta sensibilidad, sin paternalismo, sin victimismo, y con una lucidez que desarma.
El gran mérito de las autoras es que usan el humor como arma política. No para trivializar el dolor, sino para evidenciar lo absurdo del sistema. ¿Qué puede haber más revelador que un tipo que se acerca a felicitarte por “atreverte a salir de casa solo”? ¿O una señora que te trata como si fueras una niña de cinco años, aunque tengas cincuenta? Estas escenas no se inventan: ocurren todos los días. Y el humor que las atraviesa no es evasión, es resistencia. Es una forma de reapropiación del relato, una manera de decir: “Sí, nos reímos. Pero no de nosotros. Nos reímos del mundo que todavía no ha aprendido nada”.

Mención aparte merece el trabajo de Claudia Flandolini, la ilustradora del cómic. Su trazo es limpio, expresivo y ágil. Pero lo que realmente destaca es su capacidad para traducir emociones, silencios e incomodidades en imágenes sin necesidad de exagerar. Flandolini no busca el efectismo. No cae en el sentimentalismo. No estiliza la discapacidad, ni la convierte en símbolo. Lo que hace, y lo hace con maestría, es crear un entorno visual accesible, directo y profundamente comunicativo, en la que el lector se siente dentro de la escena, incómodo cuando debe estarlo, empático cuando es necesario, pero nunca desde la lástima.
Y si este cómic es tan poderoso en su forma como en su fondo, también lo es gracias al cuidado con el que ha sido traducido y editado. La edición en castellano viene a cargo de Liana Editorial. La traducción de Inés Sánchez Mesonero merece reconocimiento, ya que no se limita a pasar palabras de un idioma a otro, sino que traslada intenciones, ironías, giros de humor y tonos de indignación con una precisión que respeta el espíritu de las autoras. El resultado es un texto que fluye, que interpela, que emociona y educa con la misma fuerza que el original italiano.

«¡Que valiente eres!» no es un manifiesto, pero actúa como tal. No es un tratado teórico, pero enseña más que muchos. No es una obra “agradable”, pero es necesaria, urgente, transformadora. Y lo mejor: no solo denuncia, también propone. A lo largo del cómic, las autoras señalan no solo los gestos y estructuras con prejuicios, sino también estrategias para combatirlos, resistirlos, nombrarlos y desmontarlos. Es un libro que merece ser leído y discutido. Porque nombrar el capacitismo es el primer paso para desmontarlo. Y este libro con su ternura, su claridad y su coraje, nos da las palabras y las imágenes para hacerlo.
