Juez Dredd, La Película: Yo soy la ley

Imagínate esto: estás en 1995, la televisión todavía escupe anuncios de recopilatorios de música en CDs o del nuevo Twingo de Renault y de pronto, ¡zas! Stallone aparece en el cine disfrazado de policía galáctico con un casco que se quita a los diez minutos (¡blasfemia!), en una ciudad donde todo huele a plástico derretido, pólvora y burocracia ultraviolenta. ¿Qué haces tú, lector del siglo XXI, si te topas con el cómic oficial de «Juez Dredd: La Película«? Lo devoras, claro, entre carcajadas, sudores fríos y la sospecha de que acabas de leer la biblia de un culto futurista donde la justicia no es ciega, sino sorda y está hasta el cuello de anabolizantes.

Por eso, cuando se habla de adaptaciones al cómic de películas noventeras desbocadas, pocas cosas son tan salvajes, contradictorias y deliciosamente extravagantes como este tebeo. Y lo que hace que este volumen en particular destaque entre los escombros de Mega-City Uno no es solo su fidelidad al caos cinematográfico, sino el combo brutal que une el guion de Andrew Helfer con los lápices inconfundibles del legendario Carlos Ezquerra, nada menos que el cocreador del propio Dredd. Es como si un dios del cómic se pusiera al volante de una adaptación que, en manos equivocadas, habría chocado contra el muro de la mediocridad. Pero no, en este cómic hay arte, sátira, músculo y delirio.

Empecemos con el guion. Helfer tenía entre manos una bomba de relojería: adaptar la película de 1995 protagonizada por Sylvester Stallone, Diane Lane, Rob Schneider o Max Von Sydow entre otros. Esa misma escrita por los titanes del blockbuster William Wisher Jr. y Steve E. de Souza. Sí, una película escrita por gente que sabe hacer explotar cosas con estilo, y que sin embargo convirtió a Dredd en una especie de Robocop mezclado con Demolition Man. Helfer, con cabeza fría, se lanza a la refriega sin miedo, y en lugar de tratar de corregir los errores de la película, los embellece, los exagera y los abraza con descaro. Porque este guion no pretende redimir nada: lo que hace es amplificar el espectáculo, acentuar la locura y mantener el ritmo de la trama como si cada viñeta fuera una explosión a cámara lenta. En manos de Helfer, los diálogos zumban con energía artificial, los villanos son tan caricaturescos que se vuelven entrañables, y la historia avanza con la lógica interna de una película de acción sin frenos. ¿Es fiel a la película? Sí. ¿Es fiel al espíritu del Dredd clásico? No tanto. Pero eso es parte del encanto. Este es el Dredd del celuloide: arrogante, humano, desafiante de la ortodoxia, y Helfer lo retrata con una ironía tan bien camuflada que uno no sabe si reír o aplaudir con violencia.

Ahora bien, el verdadero protagonista aquí es el dibujo, y qué dibujo, madre mía. Carlos Ezquerra no es solo una leyenda: es el ADN de Dredd. Verlo reinterpretar el universo cinematográfico del juez con su estilo salvaje, cargado de texturas, con esos rostros tallados a cincel y esos fondos opresivos que huelen a cigarro apagado, es como ver a un samurái enfrentarse a una película de Hollywood con su katana bien afilada. Mientras la película se rendía al brillo del primitivo CGI de los noventa, Ezquerra lo convierte todo en una pesadilla postindustrial dibujada con tinta sucia y líneas vivas. Su Dredd es el verdadero: seco, duro, cuadrado, inquebrantable. Aunque esté atrapado en una historia de cine, sigue siendo el juez del cómic, y eso le da al volumen una doble lectura: es la película, sí, pero contada desde el trazo de su padre.

Pero la fiesta no acaba con la adaptación de la película. Este volumen incluye una aventura moderna adicional que funciona como una especie de “what if” loco y autorreferencial: el Juez Dredd de los cómics debe aliarse con sus dos versiones cinematográficas (sí, la de Stallone y la de Karl Urban) para enfrentarse a un nuevo villano grotesco y brillante: Leon Fusk, un magnate codicioso que parece haber sido sacado directamente de la pesadilla de un corredor de bolsa después de una sobredosis de noticias económicas. De esta historia creada por Ken Niemand como guionista y Richard Elson al dibujo aportan un toque muy diferente a las historia que precede en el tomo. Este cruce de universos es tan metareferencial como salvaje. Es el tipo de historia que se permite jugar con la mitología del personaje, sacando petróleo del contraste entre los Dredds: el clásico, el gritón hollywoodense y el estoico del reboot.

Y como si este tomo no fuera ya una bomba atómica, Dolmen Editorial lo ha envuelto en una edición digna del mismísimo Consejo de los Cinco Jueces. Desde la primera página hasta la última, se nota el mimo con el que se ha rescatado este material de 2000AD. El volumen no solo reúne la adaptación oficial de la película y la aventura crossover moderna con los múltiples Dredds, sino que incluye también una sección central escrita por Barsen Sánchez que funciona como un oasis informativo entre la tormenta de viñetas y violencia futurista. No solo contextualiza cómo se gestó la adaptación al cómic de la película del ’95, sino que incluye imágenes fotográficas del mismísimo Sylvester Stallone caracterizado como el Juez Dredd, con su casco brillante, su cara de “tengo derecho a disparar” y la omnipresente ley en la mano. En definitiva, este cómic de Juez Dredd es mucho más que una simple reedición en su 30 aniversario es un artefacto retrofuturista, una pieza de museo para amantes del cómic, del cine de acción desatado y de las líneas de tinta con olor a pólvora. Un tomo que no solo adapta una película loca que siempre es un placer volver a leer.

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