Lonesome: Lección de savoir faire

No hay nada mejor para un relato que dotarlo de un buen contexto. Un envoltorio que permita revestir lo narrado de elementos que aumenten el interés del camino propuesto. Piezas que su fuerza resida bien en cuestiones históricas que envuelvan lo contado, bien en componentes propios del género al que pertenece la obra. Si a eso se le suma un relato que se alimenta de oficio y savoir faire conceptual y gráfico, conviene prestarle la atención debida. Es el caso de “Lonesome” de Yves Swolfs, cuyo primer integral acaba de editar Norma en castellano.

Ese género no es otro que el Western, nacido al calor del cine y extendido en cualquier medio de expresión popular, en el cómic encontró fértiles páginas donde extender esa épica de frontera, donde lo civilizado se desdibuja y no hay más ley que la del más fuerte. Un género que se hizo grande cuando abandonó las sencillas dicotomías entre “buenos” y “malos” para recorrer paisajes del alma llenos de matices, sin abandonar el tono épico se subió a lomos de un saludable descreimiento y se bañó en varias ocasiones, en ese tono crepuscular que tan bien le sienta.

Fruto de ello, tanto en cine como en literatura y cómic, se han alcanzado historias llenas de matices y rasgos que exploran lo oscuro del alma humana, alejada de valores idealizados y pegada a la suciedad de lo real y a una lucha de intereses, que, a falta de un control férreo, aplican la fuerza para imponerlos. Siempre y cuando no haya alguien que esté dispuesto a parar los pies a quien lo haga. Posiblemente éste “héroe” sea alguien lacónico, cuyos silencios son inversamente proporcionales a su capacidad resolutiva. Parco en palabras y sin nada que perder, será el jinete que repare un daño hecho, mientras que su camino nos lleve por una senda que explore miserias y debilidades.

Muchos de esos elementos conceptuales cabalgan en “Lonesome”, cuyo primer integral engloba los dos primeros álbumes de la serie: “La pista del predicador” (“La piste du prêcheur”) y “Los Rufianes” (“Les Ruffians”). Elementos que el veterano Yves Swolfs maneja con magisterio para tejer un relato que, si bien se ajusta al género como un guante, aporta un savoir faire que impide no abandonarlo hasta acabar su lectura y que nos muestra el tiempo previo a la secesión entre el Norte y el Sur norteamericano (enero de 1861), retratando en el paisaje las miserias y conspiraciones que alentaron a ambos bandos, mientras una historia de venganza se clava como un surco en la tierra. Con un desarrollo firme y solvente, que mantiene su fuerza en todo su recorrido.

Ver una página de Ives Swolfs (“Durango”, «Black Hills 1890» o “Dampierre”) siempre es gratificante. Su capacidad como narrador gráfico es más que notable, así como su maravilloso trazo detallista, supeditado magistralmente a lo que quiere contar. Pues, aún con un estilo plagado de elementos y detalles, siempre prima el relato, secuenciado con solvente oficio mediante encuadres y composiciones que maximizan los guiones sólidos a los que nos tiene acostumbrados.

Guiones como el de “Lonesome”, medido y sobrio, que va creciendo conforme se recorre. A lomos de la trama, el arte de Swolfs cabalga con un notable objetivo: atrapar con sus páginas a quien las lea. Sus armas no por conocidas son menos valiosas: un notable trazo en el que cada rostro transpira veracidad en cada perfil y arruga dibujada. Junto a eso, la hábil dosificación de elementos y encuadres clásicos de un género como el western, junto a un sentido del tempo narrativo notable, hacen de este primer integral una pradera que conviene explorar con detenimiento.

Tras su lectura, un jugoso dossier gráfico acompaña al volumen. Dossier breve, pues tratándose de ver arte de Swolfs siempre sabrá a poco, aun siendo éste un buen broche para las 128 páginas que componen el primer integral de “Lonesome”, traducidas por Alfred Sala. Así se compone esta lectura orgánica, donde se respira la tinta y pintura. Se podría decir que es un western de una pieza que demuestra que no está todo dicho en el género y que, en las manos adecuadas, aún puede proporcionar obras a tener muy en cuenta. Manos como las de Ives Swolf, llenas de solvente oficio y magistral eficacia. Eso es la consecuencia de que, en esencia “Lonesome” es más que un western, es una lección de “savoir faire”.

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