
De lo mucho que se ha publicado en España a lo largo de la presente década, uno de los tebeos más destacados ha sido “Contrapaso. Los hijos de los otros”, de Teresa Valero. Desde marzo de 2021 la obra ha conocido varias reediciones por parte de Norma, consecuencia lógica del reconocimiento de crítica y público obtenido por un tebeo y concepto destinado a perdurar y crecer. Muestra de ello es la reciente publicación este mes de “Contrapaso. Mayores, con reparos”, la esperada continuación de esta serie, a la que le dedicaremos próximamente el espacio que merece. Hoy nos centramos en el origen del fenómeno, en el tebeo que supuso un soplo de aire fresco hace cuatro años y que ha situado, por méritos propios a Teresa Valero en el lugar destacado de las autoras españolas a tener en cuenta.
Publicado originalmente por Dupuis en el mercado franco belga, “Contrapaso. Los hijos de los otros” (“Contrapaso. Tome -1- Les enfants des autres”) nos propone un solvente thriller ambientado en el Madrid de 1956. Una época gris y con varios claroscuros. Los de una sociedad que quiso avanzar aún con los lastres de un negro pasado, con una victoria que seguía pesando sobre las espaldas de los vencidos y con una censura vigilante. Esa que silenciaba según que hechos porque “esas cosas en España no pasan”.

“ – No puedo publicar eso sin que me cierren el periódico. ¡Y lo sabes!
– Si, lo se.
– ¡¿Y entonces por qué coño lo has escrito?!
– Es la verdad. ¿Te suena la palabra?”
En ese contexto, las secciones de sucesos de los periódicos tenían que lidiar con las restricciones impuestas del régimen para publicar, o no, según que información. No solo a nivel ideológico, también a nivel informativo, los tentáculos del control institucional eran férreos y constantes. No era, pues, fácil, para cualquier periódico, lidiar con la censura. Si el periódico solo se dedicaba a cubrir crónicas de sucesos, como fue “El Caso”, los desencuentros con los estamentos oficiales eran más evidentes y repetidos.

De ese punto nace conceptualmente “Contrapaso”, de retratar una España que ya no es, pero que fue, a través de su crónica negra. Todo desde la ficción, pero apoyada esta en una laboriosa documentación donde cada página respirase esa realidad a pie de calle que fue el Madrid de los ´50, sumergiendo a quien leyera la obra en un autentico fresco social de la época.
En muchas obras, el contexto lo es todo para que su funcionamiento sea óptimo. Del mismo modo, para que los personajes que la habitan sean creíbles, hay que construirlos de forma certeramente verosímil. Teresa Valero (“Curiosity Shop”, Gentlemind” o “We are family”) cuidó en “Los hijos de los otros” ambas cuestiones. Para la primera se aprecia una gran labor de documentación. Realizada a conciencia, para que todo supiera a real. Desde calles, modelos de coches, vestimentas y lugares hasta formas de expresión y conducta del “dramatis personae” de la obra. Consiguiendo así el escenario creíble necesario para que el relato comience a andar con los personajes que habitan en sus viñetas. Revestidos éstos de una tridimensionalidad sólida en cuanto a caracterizaciones. Con un trasfondo personal cada uno. Que en ocasiones se muestra, en otras se sugiere, pero que dota siempre de mayor profunidad a lo contado.

Así crece, página a página, este thriller que es a la vez un retrato social de un tiempo y lugar. Con sus luces y sus sombras. El Madrid del 56, que es casi un personaje más en la obra por lo que aporta, se retrata mientras el misterio del crimen que se investiga se esclarece. Revelando, a su paso, secretos silenciados y abusos de poder cometidos con la impunidad que quien se siente vencedor. En un ambiente donde la verdad no siempre sale a luz, sobre todo si al poder establecido no le interesa.
Todo eso está en “Contrapaso. Los hijos de los otros”. Un tebeo que, lejos de dicotomías maniqueas discurre en una acertada escala de grises. Sirvan de ejemplo los protagonistas de la obra, de ideología contraria: un veterano falangista descreído y un joven de izquierdas criado por un militar del régimen. A pesar del evidente conflicto generacional que hay entre ellos, además del político, forjaran una relación que tiene mucho de las “buddy movies” clásicas, pero que sirve además para mostrar lo compleja que era esa sociedad silenciada por la propaganda oficial de la época. Teresa Valero traslada eso al tebeo de forma notable, haciendo de este modo una obra con más cuerpo, más pegada a lo real. Más creíble, en definitiva.

Secuenciada de forma magistral, en las páginas de “Contrapaso”, el relato cobra vida y revela una narración gráfica precisa. Con unos colores humanos que retratan ese Madrid gris mientras se resuelve el misterio. En las viñetas, cada gesto y encuadre enfatiza lo contado, metiendo de lleno en la trama. Una trama que consigue llevarnos a otra época. Donde no hay ni detalle ni puntada sin hilo. Como “El Huerfanito” la canción de Antonio Machín, que aparece en varias páginas, éxito popular de la época que se presta a varios niveles de lectura cuando “suena” en el cómic.

Además de una ficción, en “Contrapaso. Los hijos de los otros” hay un retrato social de esos años que sirve para tejer un relato de una pieza. De esos que no se olvidan. Quizá por eso sigamos hablando de este tebeo cuatro años después de que viera a la luz. Quizá por eso, se hable de este tebeo en el futuro. Quizá por eso «Contrapaso» sea ya un joven clásico del cómic europeo de la década que habitamos.
