
Mallorca, 1940. La posguerra española despliega su sombra oscura sobre el barrio obrero de La Soledad, un lugar donde las calles susurran secretos y las casas son testigos de silencios atronadores. Cuatro muertes, aparentemente desconectadas, irrumpen como un rayo en la calma tensa de una comunidad marcada por el hambre, el racionamiento y la desesperanza. ¿Quién pudo perpetrar estos crímenes? ¿Qué los conecta? Y, sobre todo, ¿por qué?. Con esta premisa inquietante arranca «Las asesinas de la Soledad«, un tebeo que, más que narrar una historia, desenmascara las heridas de una época en la que las mujeres, despojadas de sus derechos, vivían encarceladas en un sistema profundamente machista. Con todo esto, Enric Pujadas y Tomeu Riera construyen un relato que no solo recrea los hechos ocurridos en un barrio mallorquín, sino que también interpela al lector contemporáneo con una crítica punzante sobre las estructuras de poder y las dinámicas de género que, de forma inquietante, aún persisten hoy.
La historia se desarrolla con el ritmo vertiginoso de un thriller. Desde las primeras páginas, el guion de Pujadas nos atrapa con una maestría perfecta. A medida que pasamos las páginas comenzamos a conocer a Magdalena Castell, una curandera (alguna vez bruja) conocida en el barrio, y a un grupo de mujeres oprimidas por sus familias cuya conexión parece tan endeble como inverosímil. Estas mujeres atrapadas en matrimonios opresivos, víctimas de una sociedad que les negaba la posibilidad de elegir, que les arrebata incluso la dignidad. ¿Son estas mujeres despiadadas por sus actos o víctimas de un sistema que las empujó al límite? La respuesta es tan ambigua como fascinante, y aquí radica la genialidad del relato. Pujadas no se limita a contar los hechos; los reviste de humanidad, de contradicción, de la desesperación que convierte a las víctimas en verdugos y a los verdugos en héroes trágicos. Por eso, el cómic trasciende el caso policial donde se inspiró la historia para ofrecernos un cuadro de una España devastada por la Guerra Civil. La Soledad no es solo un barrio; es un microcosmos donde convergen la miseria económica, la represión política y la opresión de género. En este escenario, la vida de las mujeres se convierte en un infierno cotidiano: sometidas a maridos abusones, relegadas a la invisibilidad social y privadas de cualquier posibilidad de justicia. El guionista reconstruye este contexto con una precisión demoledora, mostrándonos un mundo en el que las paredes de las casas se convierten en cárceles, y el matrimonio en una condena perpetua. Uno de los grandes aciertos del guion es cómo maneja los silencios: esos momentos en los que el dibujo de Riera toma el relevo para narrar, con una crudeza impactante, el horror que se esconde tras las puertas cerradas.

Si el guion de Pujadas es el corazón de la obra, el dibujo de Tomeu Riera es su alma. Con un estilo aparentemente sencillo, el artista mallorquín logra mostrar la atmósfera opresiva de la época con un nivel de detalle asombroso. Las calles polvorientas, los rostros marcados por el hambre y la desesperación, los interiores austeros… Todo en el dibujo de Riera contribuye a introducirnos en este universo de sombras y contradicciones. Uno de los aspectos más destacados del dibujo es cómo representa las emociones de los personajes. Con una economía de trazos, Riera transmite el dolor, la resignación y la rabia contenida de unas mujeres que, pese a todo, encuentran en su forma de ser un atisbo de esperanza.
Este tebeo parte de un caso real que está envuelto en una niebla de incertidumbre. En 1943, seis mujeres fueron condenadas por el asesinato de cuatro hombres mediante envenenamiento. La sentencia fue clara, pero las pruebas, escasas. Según los testimonios recogidos, Magdalena Castell suministraba un veneno letal, mezcla de arsénico y boro, a mujeres que buscaban escapar de matrimonios infernales. Sin embargo, los médicos no encontraron rastros del veneno en los cadáveres. Vaya por delante que este tebeo no pretende ser un documento histórico exacto, sino una reinterpretación de estos hechos desde una perspectiva crítica. Los creadores toman las lagunas de la historia y las llenan con una trama que combina rigor y sensibilidad. El resultado es un relato que no solo nos habla de un caso concreto, sino que denuncia las estructuras de poder que condenaron a estas mujeres antes siquiera de ser juzgadas.

Una de las preguntas más inquietantes que plantea la obra es la de la culpabilidad. ¿Fueron estas mujeres asesinas o víctimas? ¿Podemos considerar sus actos como crímenes o como actos desesperados de resistencia? El cómic no ofrece respuestas fáciles, y esa es precisamente su mayor virtud. Nos obliga a enfrentarnos a nuestras propias ideas sobre la justicia y la violencia, recordándonos que, en un contexto de opresión extrema, las líneas entre el bien y el mal se desdibujan. En un momento en el que los derechos de las mujeres siguen siendo cuestionados en muchas partes del mundo, esta obra nos recuerda las consecuencias devastadoras de la desigualdad y la violencia de género. Con estos temas tan inquietantes Dolmen Editorial nos presenta esta historia en dos ediciones: una en castellano y otra en catalán, ambas en un formato de 19×27 cm, con tapa dura, 136 páginas a todo color. El contenido extra, que incluye recortes de prensa de la época y un dossier sobre el proceso judicial, enriquece aún más la experiencia de lectura, proporcionando ese contexto histórico que refuerza todo el relato.
Por ello, leer «Las Asesinas de la Soledad» es aceptar una invitación peligrosa: adentrarse en un laberinto donde cada página duele, cada dibujo golpea, y cada silencio entre viñetas nos obliga a escuchar ecos del pasado que aún se escuchan en nuestro presente. Cuando cierras el libro, no eres el mismo. Sientes el peso de esas mujeres en tus hombros, y que su historia seguirá contigo, como una sombra, como un susurro que exige ser escuchado. Porque hay relatos que no se escriben para consolar, sino para desenterrar verdades incómodas. Y este, sin duda, es uno de ellos.
