El arriba firmante es de los que creen que los buenos tebeos no tienen fecha de caducidad y siempre han de estar a disposición de ser descubiertos por nuevos lectores. Con independencia de coyunturas y modas, hay obras que merecen esa presencia constante en librerías y estanterías. Hoy estamos ante una de ellas: “La Huella de Lorca”, de Carlos Hernández y El Torres, que Norma Editorial acaba de rescatar en una nueva edición ampliada.

“La Huella de Lorca” supone muchas inflexiones. La primera la de uno de sus autores, Carlos Hernández, pues con este cómic inició una nueva trayectoria en el mundo del cómic. Un camino cuyos siguientes frutos han sido “El sueño de Dalí” o “La lista de Orwell”. El punto de inicio de este rumbo se puede situar en su acercamiento a Lorca. Para ello Carlos ideo y dibujó los doce capítulos que componen el tebeo para, con buen tino, dejar que El Torres le asistiera en labores de guion y resultado final (en el cómic se le acredita como el que “limpia, fija y da esplendor”), para así conformar una obra tan redonda como poliédrica.
Eso nos lleva a la segunda inflexión que presenta el cómic. Esta no es otra que la forma de acercarse al mayor poeta siglo XX español, Federico García Lorca, de una manera tan fresca como certera: en lugar de abordarlo desde un enfoque biográfico, la premisa de la que parte es ahondar en su figura mediante doce testimonios de personas relacionadas con Lorca desde diferentes prismas, momentos de tiempo y lugares.

Es Lorca en este cómic el personaje ausente que planea con su presencia en cada página a través de las voces de quienes lo conocieron. Con esos mimbres se plasma un fresco de épocas, momentos y lugares que dan una visión poliédrica de lo que supuso el poeta para muchos de los que se cruzaron en su camino. Desde la propia Granada hasta Nueva York, pasando por La Habana, Madrid o Cadaqués. Capturando tanto las miradas de afecto hacia el escritor como las del odio totalitarista que siguieron incluso tras su muerte. Y eso es lo que hace más grande a la obra, pues supone no solo el retrato de una figura, sino que también se extiende éste hacia la propia sociedad que convivió con el poeta y le sobrevivió, con sus luces y sombras. Todo esto está aquí, con la lírica apareciendo en ocasiones en las viñetas. En otras, mostrando la cercanía de quien lo conoció. Bajo un tono sepia que sugiere colores, matices, olores. Que evoca momentos. Que captura, en definitiva, el testimonio de lo vivido.
La huella literaria de Lorca es universalmente reconocida. La memoria de la persona que fue está en este tebeo, a través de los testimonios recogidos, bien maridados literariamente por Carlos Hernández y El Torres. Y es grato poder volver a recorrerlos en las 136 páginas de esta nueva edición, prologada para la ocasión por Antonio Arias, líder de Lagartija Nick, que suma una voz más al conjunto, junto al prólogo de la primera edición de Pilar del Río y Mercedes de Pablos. El epílogo del volumen lo firma el propio Carlos Hernández, precediendo a un jugoso dosier gráfico y a las páginas que realizó para el ya inencontrable “Flamenco y Viñetas”, recuperadas en esta edición.

En consecuencia, “La Huella de Lorca” es de esa clase de obras que han de estar siempre disponibles. Por todo lo que cuenta y por cómo lo hace. Desde la sobriedad y con una poética orgánica que sirve de nexo a los capítulos del relato. Una pegada a lo real, como la verdad de quién conoció al poeta. La del testimonio. La que es antítesis del odio cerril, que conmueve a la par que se muestra de forma didáctica. La que, con su impronta, valga la redundancia, deja huella.
