
En el tebeo español, este 2023 que despedimos hoy está, sin duda, marcado por el fallecimiento de uno de los más grandes historietistas que ha dado este país. Francisco Ibáñez Talavera nos dejó el pasado 15 de julio a la edad de 87 años, dejando un legado tan importante como extenso. Una huella que, a lo largo de los miles de páginas que produjo, ha conseguido las carcajadas de los lectores españoles a lo largo de casi siete décadas. Y que siguen provocándolas, pues su humor se mantiene intacto llegando a nuevas generaciones. Esa combinación de mala leche y del slapstick propio del cine clásico sigue con la misma fuerza del primer día.
Muestra de ello es el tebeo que hoy nos ocupa: “Mortadeluxe”. Un volumen recopilatorio que ha lanzado Bruguera en el que engloba las que, para muchos, son de lo mejor que realizó Ibáñez con “Mortadelo y Filemón”: “El Sulfato Atómico”, “Valor… ¡y al toro!” y “Chapeau el “esmirriau””. Tres de las mejores aventuras largas de la pareja de agentes de la T.I.A., extraídas de la época en la que Ibáñez dio el trasfondo y contexto definitivo a su serie.

“El Sulfato Atómico” (1969), como ya comentamos cuando reseñamos por separado esta obra, supone el comienzo de muchos conceptos que quedaron ya inherentes a Mortadelo. Es el álbum donde debuta la T.I.A., el Superintendente Vicente (“El Súper”) o el Profesor Bacterio. Fue la primera aventura larga de la pareja cómica más célebre del tebeo español, ya convertidos aquí en agentes de la T.I.A. y dejando atrás su faceta de detectives de la “Agencia de Información”.
Con la vista puesta en el mercado franco belga y las posibilidades de editar esas páginas en álbum y en el mercado internacional, Bruguera propuso a Ibáñez crear una aventura “larga” y con un trazo más detallado y Franquin como referencia gráfica. Hecho rastreable en el que quizá es el álbum más trabajado en lo gráfico y en el detalle aplicado en todas y cada una de sus viñetas. Como trasfondo, nos encontramos con elementos que remiten a «El guante de tres dedos» (1965) de Maurice Tillieux (1965) o a «El asunto Tornasol» (1956) de Hergé. Muchos diseños y resoluciones que remiten a la mejor Bande Dessiné humorística de la época. Ese era el terreno que Bruguera quería explorar con esta obra e Ibáñez así lo hizo, si bien su indudable “toque” está presente en todo momento. Con esos gags desternillantes y la idiosincrasia de sus criaturas, el Maestro armó la que quizá sea la mejor aventura de “Mortadelo y Filemón”.

El mismo nivel de dibujo lo podemos encontrar en “Valor y… ¡al toro!”. Aparecido por vez primera de forma serializada en “Gran Pulgarcito” de las entregas 53 a 73, se publicó en formato álbum en 1970 y tiene una curiosa historia que contar: estas páginas, en origen, Ibáñez las pensó para otros personajes nuevos con los que iba a probar suerte en el mercado europeo. Al final llegó a un acuerdo con la editorial del gato negro y pasó a ser la cuarta aventura larga de Mortadelo y Filemón, aunque muchos aseguran que estas páginas bien pudieran haberse dibujado antes, a la vez (o justo después) de haber materializado “El Sulfato Atómico”.
Revisando “Valor y… ¡al toro!” se puede apreciar un dibujo superlativo y una narrativa gráfica soberbia, ideal para salpicar de gags el gran ejercicio de slapstick que es este divertido tebeo. Uno de los más famosos de la pareja, por cierto. Y es que volver a este tebeo es comprobar que su fuerza cómica es inmune al paso del tiempo y modas, manteniéndose intactos todo el encanto que desprende esta gran comedia en viñetas.

El tercer álbum que nos encontramos en este volumen es otro de los clásicos de Ibáñez: “Chapeau “el esmirriau””. Publicado de forma seriada en la revista “Mortadelo” en sus números 4 a 14 entre 1970 a 1971, se materializó en formato álbum ese mismo año. Así, el personaje bajito portador del sombrero con miles de gadgets se enfrentó a los agentes de la T.I.A, convirtiéndose en uno de los villanos más queridos de los lectores de Mortadelo. Esa es una aventura en la que Ibáñez recuperó la serialización del relato en historietas en torno a cuatro páginas, facilitando así la incluisión de las mismas en las revistas de Bruguera. Un camino que Ibáñez ya no abandonaría hasta que las revistas dejaron de publicarse en nuestro país. Otro elemento a destacar es el dibujo, más sintético que las otras dos aventuras que le acompañan en este volumen, pero igualmente efectivo. Esta simplificación del trazo vino dada por una cuestión de economicidad y efectividad de recursos. El nivel de detalle que plasmó Ibáñez en “El Sulfato atómico” y “Valor y… ¡al toro!” no se vio reconocido por el lector español en su momento, o así lo percibió Ibáñez por aquel entonces. Teniendo en cuenta el mayor esfuerzo empleado en las aventuras antes citadas, Ibáñez optó, no por ir hacia atrás, sino por simplificar su trazo. Economizarlo y, en definitiva, depurarlo, despojándose quizá del halo de “BD” que pudiera apreciarse antes y evolucionando hacia un trazo mucho más personal: una voz gráfica ya singular, en la que lo mejor de los dos mundos que le sirvieron como referencia (la escuela Bruguera, con Manuel Vázquez como exponente, y la mejor Bande Dessinée, capitaneada por Franquin) se mantenía, pero la personalidad propia de Ibáñez era ya el elemento más diferenciador y cohexionador.

Además, esta edición incluye tres reproducciones de páginas originales (una de cada álbum) de Ibáñez, a modo de extras que enriquecen el volumen y que sirven para, después de habernos desternillado de risa una vez más, detenernos a contemplar las verdades desnudas que desvelan las páginas a lápiz y tinta, donde podemos advertir los muchos aciertos de las mismas.
Esto nos espera en “Mortadeluxe”: Una selección que entendemos como el punto exacto donde Ibáñez da el salto cualitativo y busca su camino definitivo. En estos tres álbumes seleccionados podemos ver la evolución de su camino, con el giro notable que suponen los dos primeros y la evolución en “Chapeau”, donde Ibáñez se despoja del detalle de los anteriores, pero pule sus páginas y las reviste de efectividad cómica. De alguna manera, estas tres aventuras suponen el testimonio de un autor que estaba llegando a su madurez creativa y el comienzo de las señas definitivas de identidad gráfica de sus creaciones. Un camino que no dejó de crecer durante décadas y tebeos. Y del que muchos lectores pudimos disfrutar. Algunos incluso aprendiendo a leer con ellos. Por eso, como bien indica Manuel Bartual en el prólogo de este volumen de 144 páginas, es muy difícil ponerse de acuerdo para ordenar las mejores obras de Ibáñez como las mejores. Si bien, lo que encierra “Mortadeluxe” en sus páginas, contiene mucho de lo mejor del Maestro: que es precisamente ese punto inesperado en forma de gag donde el ingenio prende la carcajada de cualquiera que abra el volumen.
